El mandamiento del corazón: Por qué Dios dijo: «No codiciarás»
Todos lo hemos sentido. Es esa sensación de tranquilidad y hundimiento la que nos invade cuando nos desplazamos por las redes sociales de un amigo y vemos sus vacaciones familiares perfectas. Es la punzada aguda del anhelo cuando un vecino entra en su camino de entrada con un automóvil nuevo. Es la sutil mezcla de admiración y descontento que nos susurra al oído cuando un colega anuncia una promoción que secretamente queríamos. Este sentimiento es tan común, tan profundamente humano, que a menudo lo descartamos. Pero Dios no lo hace. En los Diez Mandamientos, Su ley fundamental para la humanidad, Él aborda este sentimiento directamente: «No codiciarás».1
De todos los mandamientos, este puede ser el más inquietante. Una cosa es que se le diga que no robe ni asesine; Esas son acciones que podemos, con disciplina, evitar. Pero que se le ordene no deseo algo en nuestros propios corazones se siente imposiblemente invasivo.2 Es el único mandamiento que ninguna persona puede afirmar honestamente que ha guardado perfectamente.4 Tira la cortina de nuestro comportamiento externo y juzga el asiento mismo de nuestras motivaciones, nuestros pensamientos y nuestros anhelos más profundos.
¿Por qué es tan importante este «pecado del corazón» que se encuentra entre las diez leyes más importantes de Dios para vivir? ¿Qué significa realmente codiciar, y en qué se diferencia de la ambición saludable? En un mundo que constantemente nos bombardea con anuncios e imágenes curadas diseñadas para hacernos querer más, ¿cómo podemos encontrar la paz? Esta exploración viajará al corazón del Décimo Mandamiento, buscando comprender su poderoso significado, sus peligros espirituales y la hermosa libertad que Dios ofrece a aquellos que aprenden a reemplazar la codicia con la satisfacción en Cristo.
¿Qué significa realmente «codificar»?
Para entender el peso de este mandamiento, primero debemos entender la palabra misma. «Covet» no es una palabra que usemos a menudo hoy en día, y su significado bíblico es mucho más profundo que el simple deseo. El texto hebreo original de los Diez Mandamientos usa diferentes palabras en sus dos apariencias, y cada una nos da una ventana única a la naturaleza de este pecado.
En Éxodo 20:17, la palabra hebrea primaria usada es chamad ( ⁇ ). Esta palabra puede significar «deleitarse», «deseo» o «un fuerte deseo»5. Este deseo no es inherentemente malo. De hecho, en Génesis 2:9 se utiliza una palabra relacionada para describir los árboles del Jardín del Edén como «agradables» o «deliciosos» para la vista4. El pecado no está en el deseo mismo, sino en el objeto de ese deseo. El mandamiento deja esto claro: el pecado está deseando lo que pertenece a tu
vecino—su casa, su esposa, sus sirvientes o sus bienes.8
Cuando el mandamiento se repite en Deuteronomio 5:21, se usa una palabra hebrea diferente: «avah. Esta palabra se traduce a menudo como «desear» o «ansiar».9 Esto apunta a un anhelo profundo e interno, un anhelo que se arraiga en el alma. El Nuevo Testamento arroja más luz sobre esto, usando la palabra griega
pleonexia la codicia, que significa literalmente un deseo insaciable de «tener más».7 Es un hambre que nunca puede satisfacerse.
El uso de dos palabras diferentes, «avah (anhelar) y chamad (desear con intención), no es solo una elección estilística. Algunos eruditos judíos han visto en esto una descripción de una peligrosa progresión espiritual. El pecado comienza con la chispa interna de «avah—un pensamiento fugaz, un simple «ojalá tuviera eso». Este es el anhelo inicial. Si esta chispa no se extingue, sino que se nutre y se aviva en una llama, crece en chamad—un deseo consumidor y estratégico que comienza a planificar y planificar activamente.10 Es el momento en que «deseo» se convierte en «debo tener». Esta progresión muestra que el mandato de Dios es una advertencia misericordiosa. Él no solo está prohibiendo un deseo completamente formado y malicioso; Él nos está llamando a guardar nuestros corazones en la etapa más temprana, para apagar la chispa del anhelo injusto antes de que pueda convertirse en un fuego destructivo.
¿Por qué un «pecado del corazón» está en las diez leyes más importantes de Dios?
La colocación de «No codiciarás» como el décimo y último mandamiento es profundamente importante. Es único entre los mandamientos que tratan con nuestros vecinos. Las prohibiciones contra el asesinato, el adulterio, el robo y el falso testimonio regulan las acciones externas. Pero éste se vuelve hacia adentro y legisla nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones secretas.2 Es la ley que nadie puede vernos romper, pero Dios la coloca en el clímax de Su código moral. ¿Por qué? porque este mandamiento revela que la ley de Dios no se trata de una mera modificación del comportamiento; Se trata de la transformación total del corazón.
Jesús mismo enseñó este principio con perfecta claridad. Cuando se le desafió acerca de lo que realmente contamina a una persona, explicó: «Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y esto contamina a una persona. Porque del corazón salen los malos pensamientos, el asesinato, el adulterio, la inmoralidad sexual, el robo, el falso testimonio, la calumnia» (Mateo 15:18-19). La Biblia identifica sistemáticamente el corazón como el «asiento de la personalidad moral», el manantial del que fluyen todas nuestras acciones11. Desde este punto de vista, el corazón no es solo el hogar de nuestras emociones; Es el centro de control de nuestra voluntad, intelecto y deseos.13 Al mandarnos no codiciar, Dios va a la raíz del problema. Él no está simplemente recortando las hojas venenosas del pecado; Él está poniendo su hacha a la raíz del árbol.
Este mandamiento final también sirve como una poderosa herramienta de diagnóstico, revelando la verdadera naturaleza de nuestra lucha con todos los demás mandamientos. Se ha dicho con razón que cada vez que quebrantamos uno de los mandamientos anteriores, primero quebrantamos este.2 El robo nace de codiciar posesiones. El adulterio nace de codiciar a una persona. El asesinato puede nacer de codiciar una posición o estatus. El Décimo Mandamiento nos muestra que la obediencia a todos los demás debe comenzar en el corazón.8
El apóstol Pablo experimentó este poder diagnóstico de primera mano. En su carta a los romanos, confesó que pensaba que estaba viviendo una vida justa, guardando la ley externamente. Pero luego se encontró con el Décimo Mandamiento. Escribió: «Porque no habría sabido lo que es codiciar si la ley no hubiera dicho: 'No codiciarás'. Pero el pecado, aprovechando una oportunidad a través del mandamiento, produjo en mí toda clase de codicia» (Romanos 7:7-8). Este único mandamiento expuso el pecado que moraba en lo profundo de él, rompiendo cualquier ilusión de justicia propia.4
Esta es precisamente la razón por la que un «pecado del corazón» está entre los diez primeros de Dios. Es el mandamiento que nos impide convertir la ley de Dios en una simple lista de cosas que hacer y que no hacer. Nos obliga a mirar hacia adentro y enfrentar la realidad de que nuestro problema no es solo lo que hacemos, sino lo que hacemos. quieres. Derriba nuestro orgullo y nos hace clamar por lo que Dios ha prometido en el Nuevo Pacto: no solo nuevas reglas, sino un nuevo corazón.
¿Cómo la codicia conduce a otros pecados más obvios?
El pecado interno de codiciar nunca se contenta con permanecer oculto en el corazón. Como una semilla tóxica plantada en suelo fértil, inevitablemente brota y crece, produciendo el fruto venenoso de acciones externas y destructivas. La Biblia no ve la codicia como un sueño pasivo e inofensivo. Es un impulso agresivo y comprensivo que tiene una trayectoria inherente hacia causar un daño real a nuestro vecino.
El libro de Santiago nos da la imagen más clara de esta progresión mortal: «Pero cada persona es tentada cuando es atraída y seducida por su propio deseo. Entonces el deseo, cuando ha concebido, da a luz al pecado, y el pecado, cuando ha crecido plenamente, produce la muerte» (Santiago 1:14-15).1 La codicia es ese deseo inicial que atrae y atrae. Cuando lo entretenemos, permitimos que «conciba» en nuestros corazones, y a partir de ahí, es solo cuestión de tiempo antes de que dé a luz a una acción pecaminosa.
Las páginas de las Escrituras están llenas de trágicos casos de estudio de este mismo proceso.
- Pecado de Acán: Cuando los israelitas conquistaron Jericó, Dios les ordenó que no tomaran ninguna de las cosas devotas para sí mismos. Pero un hombre llamado Acán confesó: «Vi entre el botín un hermoso manto..., y doscientos siclos de plata, y una barra de oro... Y los codiciaba y los tomaba» (Josué 7:21).10 Fíjate en la cadena de acontecimientos: Él vio, él codiciaba, él tomó. Su deseo interno dio origen al acto externo de robo, trayendo el desastre sobre toda la nación de Israel.9
- La caída de David: Desde el techo de su palacio, el rey David vio a una hermosa mujer, Betsabé, bañándose. La Biblia nos dice que envió mensajeros y «la tomó», y el resultado fue adulterio. Pero comenzó con una mirada codiciosa de la que se negó a alejarse. Este único acto de codicia se convirtió en engaño, abuso de poder y asesinato del fiel esposo de Betsabé, Urías15.
- La codicia de Acab: El rey Acab codiciaba un viñedo perteneciente a un hombre llamado Nabot. Cuando Nabot se negó a venderlo, el deseo codicioso de Acab se convirtió en un resentimiento sombrío. Su esposa malvada, Jezabel, al ver su descontento, dispuso que Nabot fuera acusado falsamente y apedreado hasta la muerte para que Acab pudiera apoderarse de la propiedad que anhelaba.16
- Envidia de Caín: El primer asesinato en la historia de la humanidad tuvo sus raíces en una forma de codicia. Caín codiciaba el favor y la aceptación que Dios había mostrado a su hermano Abel. Esta envidia se enconó en su corazón hasta que estalló en el acto violento del fratricidio.17
En muchas de estas historias, el vínculo entre el deseo y la acción es tan estrecho que parece casi inevitable. La lengua hebrea misma refleja esta realidad. La palabra para codicia, chamad, es frecuentemente emparejado en la Escritura con la palabra para "tomar", laqach.10 La historia de Acán —«Los codiciaba y los cogí»— muestra perfectamente este emparejamiento. El deseo no se presenta como separado de la acción, sino como el motor que lo impulsa. El mandato de Dios es una advertencia amorosa de que entretener un pensamiento codicioso es iniciar un fuego que tal vez no podamos controlar.
¿Hay alguna diferencia entre codicia y ambición saludable?
En un mundo que celebra el impulso, los sueños y el éxito, es fácil confundirse. ¿Dónde está la línea entre la ambición piadosa y la codicia pecaminosa? Dios no está en contra del deseo mismo. Él nos dio la capacidad de soñar, trabajar duro y tratar de mejorar nuestras vidas y las vidas de nuestras familias. La Biblia elogia la diligencia y el uso sabio de nuestros talentos dados por Dios.18 El deseo de construir una vida mejor, de proveer para su familia o de lograr una meta no es inherentemente pecaminoso.20
La diferencia crucial radica en nuestro motivo y nuestra postura hacia Dios y nuestro prójimo. La codicia es un deseo desordenado. Sucede cuando vemos la prosperidad, los talentos o las relaciones de otra persona y resentimiento ellos por ello. Es el deseo el que dice: «Quiero lo que tienes, y estoy enojado porque lo tienes y yo no».20 Por otra parte, la ambición divina se inspira en el éxito de los demás. Dice: «Tu éxito me anima a trabajar duro y a confiar en Dios para mi propia vida». La codicia genera pereza, excusas y división. La ambición piadosa engendra diligencia, alegría y colaboración.20
Para ayudarnos a proteger nuestros corazones, podemos hacernos una serie de preguntas diagnósticas para poner a prueba nuestros motivos 21:
- ¿Cuál es mi objetivo final? ¿Estoy buscando esta promoción, posesión o posición por su propio bien, por el estatus que traerá, o por el poder que me dará sobre los demás? ¿O estoy buscando usar mis dones para servir mejor a Dios y a mi prójimo?
- ¿Dónde se encuentra mi felicidad? ¿Me he convencido de que mi felicidad y satisfacción dependen de lograr este objetivo o adquirir esta cosa? ¿Mi estado de ánimo aumenta y disminuye con mis perspectivas de conseguirlo?
- ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar? ¿Estoy dispuesto a comprometer mis prioridades espirituales, mi integridad, mi tiempo en familia o mi relación con Dios para obtener lo que quiero?
- ¿Es mi deseo alguna vez satisfecho? ¿Es este deseo parte de una pasión inquieta e implacable por más, más, más? ¿O es una meta específica perseguida con un corazón de gratitud por lo que Dios ya ha provisto?
La línea entre los dos puede ser delgada, pero es críticamente importante. La siguiente tabla puede ayudarnos a discernir la postura de nuestros propios corazones.
| Ambición piadosa | Codicia pecaminosa |
|---|---|
| Enfoque: Usar los talentos dados por Dios para el servicio y Su gloria. | Enfoque: Elevar el yo y adquirir para beneficio personal. |
| Motivo: Para glorificar a Dios y amar a los demás. | Motivo: Para obtener estatus, poder o posesiones. |
| Actitud hacia los demás: Inspirado y celebra su éxito. | Actitud hacia los demás: Resentidos, envidiosos y amargados por su éxito. |
| Actitud hacia Dios: Confianza en la provisión y el calendario soberanos de Dios. | Actitud hacia Dios: Descontento con la disposición de Dios; Lo acusa de ser injusto. |
| Frutas: Diligencia, alegría, paz, colaboración y gratitud. | Frutas: Pereza, ansiedad, lucha, división y queja. |
La ambición piadosa se acumula, mientras que la codicia derriba, primero nuestras propias almas y luego nuestras relaciones.
¿Cómo nuestro mundo moderno alimenta la codicia?
Si bien la codicia ha sido una lucha humana desde el Jardín del Edén, vivimos en una época que ha perfeccionado el arte de fabricar descontento. Nuestra cultura occidental moderna, impulsada por el consumismo, la publicidad y las redes sociales, ha creado el motor más eficiente para generar codicia en la historia humana. No vivimos en un entorno neutral; Estamos nadando en un mar de tentación que constantemente nos dice que no somos suficientes y que no tenemos suficiente.
Consumismo es una visión del mundo que equipara la felicidad y el valor personales con la adquisición de bienes materiales.22 Fomenta una búsqueda incesante de más, que es la definición misma de codicia.24 Esta mentalidad puede incluso arrastrarse hasta convertir la fe en otro «producto» que debe consumirse para nuestro beneficio personal, en lugar de una llamada al amor y al culto autosacrificados.26
Publicidad es el sumo sacerdote del consumismo. Su función principal es crear una sensación de carencia y luego ofrecer un producto como solución. Está diseñado para hacernos sentir que si solo tuviéramos este nuevo automóvil, este nuevo teléfono o esta nueva moda, finalmente estaríamos felices, atractivos y satisfechos.23 Es un sistema construido para avivar los fuegos del deseo.
Redes sociales se ha convertido en la última «trampa de comparación».28 Día tras día, nos desplazamos a través de un feed curado de los mejores momentos de nuestros amigos y vecinos: sus vacaciones perfectas, sus hermosos hogares, sus hijos exitosos, sus aniversarios románticos. Constantemente comparamos nuestras vidas desordenadas, complicadas y reales con el pulido «carrete de luz» de todos los demás, y el resultado inevitable es la envidia, la inseguridad y el descontento28.
Esta conexión entre nuestro mundo moderno y el pecado de codiciar no es accidental; es sistémica e intencionada. Las tecnologías que utilizamos a diario no son herramientas neutras. Las plataformas de redes sociales, por ejemplo, se construyen con características como notificaciones, «rayos» y algoritmos diseñados específicamente para ser inmersivos y «exacerbar nuestras tendencias hacia la autoindulgencia».31 Están diseñados para «obligarnos a examinarnos a nosotros mismos y reestructurar nuestras personalidades públicas».32
Reconocer esto cambia la naturaleza de nuestra lucha. La lucha contra un corazón codicioso no es solo una batalla espiritual privada contra un pensamiento extraviado. Es un acto de resistencia espiritual contra un sistema tecnológico y económico masivo que está diseñado activa y algorítmicamente para hacernos perpetuamente insatisfechos. Esta comprensión eleva la importancia de las disciplinas espirituales como la simplicidad y la soledad. No son meramente hábitos pintorescos para lo extra-espiritual; Son actos de guerra esenciales para cualquiera que busque vivir una vida feliz en el siglo XXI.
¿Cuál es la postura de la Iglesia Católica sobre la codicia?
Si bien todos los cristianos defienden los Diez Mandamientos como voluntad revelada de Dios, existen diferentes tradiciones en cuanto a su numeración. Esto se debe a que los textos bíblicos en Éxodo 20 y Deuteronomio 5 enumeran las prohibiciones sin asignarles números.33 Comprender estas diferencias es clave para comprender la enseñanza específica y matizada de la Iglesia Católica sobre el pecado de codiciar.
La mayoría de las tradiciones protestantes y judías siguen un sistema de numeración que combina todas las prohibiciones contra la codicia en un solo Décimo Mandamiento. El católico siguiendo la antigua tradición de San Agustín, divide las prohibiciones finales en dos mandamientos distintos.33
| Judía (talmúdica) | protestante (filonica) | Católicos (agostinos) | |
|---|---|---|---|
| 1. Yo soy el Señor tu Dios... | 1. No tendrás otros dioses... | 1. Yo soy el Señor tu Dios... | |
| 2. No tendrás otros dioses... | 2. No harás imágenes grabadas. | 2. No tomarás en vano el nombre del Señor. | |
| 3. No tomarás en vano el nombre del Señor. | 3. No tomarás en vano el nombre del Señor. | 3. Recuerda santificar el Día del Señor. | |
| 4. Recuerden el día de reposo. | 4. Recuerden el día de reposo. | 4. Honra a tu padre y a tu madre. | |
| 5. Honra a tu padre y a tu madre. | 5. Honra a tu padre y a tu madre. | 5. No matarás. | |
| 6. No matarás. | 6. No matarás. | 6. No cometerás adulterio. | |
| 7. No cometerás adulterio. | 7. No cometerás adulterio. | 7. No robarás. | |
| 8. No robarás. | 8. No robarás. | 8. No darás falso testimonio... | |
| 9. No darás falso testimonio... | 9. No darás falso testimonio... | 9. No codiciarás a la mujer de tu prójimo. | |
| 10. No codiciarás. | 10. No codiciarás. | 10. No codiciarás los bienes de tu vecino. | |
| Basado en datos de 33 |
Esta división crea dos mandamientos distintos que tratan con el deseo desordenado:
- El noveno mandamiento: «No codiciarás a la mujer de tu prójimo».35 El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que este mandamiento prohíbe lo que denomina «concupiscencia carnal»: el deseo lujurioso desordenado de otra persona12. Va más allá de la prohibición del acto de adulterio del sexto mandamiento y ordena una «purificación del corazón»12.
- El décimo mandamiento: «No codiciarás los bienes de tu vecino».35 Este mandamiento prohíbe la codicia y el «deseo de acumular bienes terrenales sin límite».39 Se dirige a la avaricia y la envidia de la propiedad de otro.
En el corazón de esta enseñanza está el concepto de concupiscencia. La concupiscencia no es el pecado en sí mismo, sino más bien la inclinación al pecado que permanece en nosotros incluso después del bautismo debido a los efectos del pecado original36. Es la tensión interior, la rebelión de la «carne» contra el «espíritu», lo que nos empuja hacia deseos pecaminosos36. La batalla contra la concupiscencia es una lucha de por vida que requiere la gracia, la oración y la práctica de virtudes como la templanza y la modestia de Dios44.
Esta división del mandamiento es más que una forma diferente de contar. Refleja un desarrollo en la tradición viva de la Iglesia para articular más claramente la verdad plena del Evangelio. El texto original en Éxodo enumera a la «esposa» junto con los sirvientes, los animales y una casa, como una forma de propiedad que refleja la cultura patriarcal de la época.46 Al separar la codicia de una esposa de la codicia de bienes, la tradición agustina hace una poderosa declaración teológica. Eleva la dignidad de la persona humana y la santidad del matrimonio, enseñando que el deseo lujurioso de una persona es una forma única y distinta de mal del deseo codicioso de un objeto.15 Es un hermoso ejemplo de la Iglesia que aplica la verdad atemporal a una comprensión más profunda del diseño de Dios para la humanidad.
¿Cuáles son los peligros espirituales de un corazón codicioso?
Los peligros de la codicia no se limitan al caos social que crea o a la miseria personal que engendra. El último peligro espiritual de un corazón codicioso es que es un poderoso acto de idolatría. Es el pecado que destrona al único Dios verdadero desde el centro de nuestras vidas y entroniza una cosa creada, una persona, una posesión, una posición, en el lugar que le corresponde.
El apóstol Pablo es sorprendentemente directo en este punto. En su carta a los Colosenses, ordena a los creyentes que maten sus deseos terrenales, incluida la «codicia, que es idolatría» (Colosenses 3:5).16 Lo repite en su carta a los Efesios, advirtiendo que «un hombre codicioso, que es idólatra, tiene herencia alguna en el reino de Cristo y de Dios» (Efesios 5:5).16
Esta conexión no es una metáfora; es una realidad espiritual. Un ídolo es cualquier cosa que buscamos para la esperanza, la satisfacción, la seguridad y la identidad que sólo Dios puede proporcionar. Cuando codiciamos, estamos haciendo precisamente eso. Estamos viendo el matrimonio de nuestro vecino y creyendo: «Si tuviera eso, entonces Estaría feliz». Estamos analizando su éxito financiero y pensando: «Si tuviera eso, entonces Estaría seguro». Estamos analizando su estatus social y diciendo: «Si tuviera eso, entonces Habría valido la pena». En ese momento, lo codiciado se convierte en nuestro dios funcional. Se convierte en la fuente de nuestra esperanza y el objeto de nuestra adoración.
Esta es la razón por la que Jesús enseñó con tanta fuerza: «Nadie puede servir a dos señores... No puedes servir a Dios y a mammón (riqueza)» (Mateo 6:24).16 Enmarca la cuestión como una de máxima lealtad. Aspirar es dar la más profunda lealtad de nuestro corazón a un dios falso. Es un acto de adulterio espiritual contra el Dios que nos ama y nos provee. En esta luz, codiciar no es solo un pecado contra nuestro prójimo; Es fundamentalmente un pecado contra Dios. Es un insulto a Su bondad y un rechazo de Su amorosa providencia.47
Esta comprensión revela la hermosa simetría de los Diez Mandamientos. Toda la ley está enmarcada por el mandamiento de adorar solo a Dios. El primer mandamiento dice: «No tendrás otros dioses delante de mí». El décimo mandamiento, «No codiciarás», actúa como un libro, revelando la forma más sutil e insidiosa en que rompemos ese primer y mayor mandamiento.14 No lo rompemos inclinándonos ante un becerro de oro, sino entregando el deseo último de nuestro corazón a algo distinto de Dios. Esto replantea la codicia de una lucha interna menor a una traición fundamental de nuestra relación con nuestro Creador.
¿Cómo podemos luchar la batalla contra la codicia en nuestros corazones?
Si la codicia está tan profundamente arraigada en nuestra naturaleza caída y tan implacablemente alentada por nuestra cultura, ¿cómo podemos luchar contra ella? La batalla contra la codicia no se gana a través de pura fuerza de voluntad o simplemente esforzándose más. La Biblia ofrece una estrategia espiritual que se puede resumir en tres movimientos: Arrepentimiento, Reenfoque y Reemplazo.
Debemos arrepentirse. Esto significa que honestamente reconocemos el pecado en nuestros corazones. Dejamos de poner excusas o minimizar su seriedad. Estamos de acuerdo con Dios en que nuestros pensamientos envidiosos y descontentos son una ofensa para Él y perjudiciales para nuestras almas. Le confesamos este pecado y le pedimos su perdón y su gracia purificadora27. Este primer paso requiere humildad y la voluntad de dejar que la luz de Dios brille en los rincones ocultos de nuestros corazones.
Debemos reorientar nuestras mentes. El arma principal en esta batalla espiritual es la Palabra de Dios.50 Debemos predicarnos activamente la verdad a nosotros mismos, contrarrestando las mentiras de la codicia con las promesas de Dios. Cuando el deseo de un automóvil nuevo comienza a consumirnos, nos recordamos en las Escrituras que «la vida de un hombre no consiste en la abundancia de sus posesiones» (Lucas 12, 15). Cuando sentimos la punzada de la envidia por el éxito de un amigo, predicamos a nuestras propias almas que «la piedad con satisfacción es una gran ganancia» (1 Timoteo 6:6). Debemos saturar nuestras mentes con la perspectiva de Dios hasta que su verdad sea más fuerte que las tentaciones del mundo51.
Y más poderosamente, debemos buscar sustitución. La lucha contra el deseo pecaminoso no se gana principalmente suprimiendo los malos deseos, sino cultivando un deseo mayor y más santo. El objetivo no es llegar a ser sin deseos, sino tener nuestros deseos reorientados hacia el único que realmente puede satisfacerlos. A medida que «miramos a Cristo y a las cosas de arriba», el atractivo brillante de las cosas terrenales comienza a desvanecerse.2 Cuanto más valoramos a Cristo, menos atribuimos un valor excesivo a las cosas de este mundo.
Esta es una batalla de afectos. No podemos simplemente querer dejar de querer algo. Cuanto más nos decimos: «No pienses en ese elefante rosado», más un elefante rosa llena nuestra imaginación52. Pero podemos pedirle a Dios que llene nuestros corazones con un amor tan poderoso por Jesús que todos los demás deseos se vean eclipsados por su belleza y gloria. El camino hacia la libertad de la codicia es el camino de enamorarse más profundamente de Cristo. Es una verdad esperanzadora y liberadora: La solución no es convertirse en un estoico sin pasión, sino convertirse en un apasionado adorador del único Dios verdadero.
¿Qué disciplinas espirituales cultivan un corazón contento?
La satisfacción no es un sentimiento pasivo con el que tropezamos si tenemos suerte. El apóstol Pablo declaró: «Tengo aprendido en cualquier situación en la que deba contentarme» (Filipenses 4:11).53 La satisfacción es una disciplina espiritual, un conjunto de prácticas intencionales que entrenan nuestros corazones para encontrar alegría y satisfacción en Dios y no en nuestras circunstancias. Estas disciplinas no son actividades sagradas al azar; Son remedios espirituales dirigidos que contrarrestan directamente los mecanismos específicos del descontento.
La disciplina de la simplicidad: La simplicidad es una realidad interna de confiar en Dios que resulta en un estilo de vida externo de libertad del materialismo.55 Implica limitar intencionalmente nuestras posesiones, comprar solo lo que es esencial y aprender a disfrutar de las cosas sin necesidad de poseerlas. Esta práctica mata de hambre directamente a los deseos consumistas que alimentan la codicia. Es el antídoto práctico contra la mentira de que más cosas traerán más felicidad.
La disciplina de la soledad: La soledad es la práctica de alejarse intencionadamente del ruido y las distracciones del mundo —especialmente del mundo digital— para estar a solas con Dios55. En una cultura de conexión y comparación constantes, la soledad es un acto radical. Nos aleja del flujo interminable de feeds de redes sociales que están diseñados para hacernos sentir inadecuados. Crea el espacio tranquilo necesario para escuchar la voz de afirmación de Dios por encima de los gritos de «más» del mundo. Es el antídoto contra la trampa de la comparación.
La disciplina del servicio: El servicio es la disciplina de cambiar intencionalmente nuestro enfoque de nuestras propias necesidades y deseos a las necesidades de los demás.55 Cuando elegimos ser un sirviente, renunciamos al derecho de ser los primeros y, en cambio, buscamos formas de poner a los demás primero. Esta práctica rompe el poderoso agarre del egocentrismo que se encuentra en el corazón de toda codicia. Es imposible consumirse con lo que no tienes cuando te estás derramando activamente por otra persona. Es el antídoto a la naturaleza interna de la envidia.
La Disciplina de la Escritura y la Oración: Meditar regularmente en las Escrituras y comunicarnos con Dios en oración renueva nuestras mentes y reorienta nuestros corazones56. Al centrarnos en el carácter de Dios —su soberanía, su bondad y su fidelidad— construimos una confianza profunda y permanente en su providencia. Aprendemos a creer que Él sabe lo que es mejor para nosotros y que su plan para nuestras vidas es bueno, incluso cuando se ve diferente del de nuestro prójimo. Esta confianza es el fundamento sobre el que se construye toda verdadera satisfacción.
Al practicar estas disciplinas, no solo añadimos actividades «religiosas» a nuestro calendario. Estamos construyendo una fortaleza espiritual alrededor de nuestros corazones, una fortaleza de satisfacción que puede resistir los ataques implacables de una cultura codiciosa.
¿Cómo podemos reemplazar la codicia con gratitud centrada en Cristo?
Mientras que la satisfacción es la fortaleza, la gratitud activa es la espada que manejamos en la batalla contra la codicia. El antídoto último y más poderoso para un espíritu codicioso es un corazón intencionalmente cultivado, centrado en Cristo y agradecido. Un corazón que está lleno de agradecimiento no tiene lugar para la envidia.48 Coveting se centra implacablemente en lo que nos falta; La gratitud se centra alegremente en lo que se nos ha dado. El regocijo en el agradecimiento es quizás la «mayor fuerza que podemos reunir contra la codicia»3.
Practicar la gratitud no es un ejercicio sentimental y de pensamiento positivo. Es un acto robusto de guerra espiritual. La codicia es, en su esencia, una queja contra Dios. Es una declaración de que Su provisión es insuficiente y Su bondad falta.47 Cada vez que practicamos la gratitud, estamos activamente contradiciendo esa mentira. Cuando decimos: «Gracias, Dios, por lo que tengo», estamos haciendo una poderosa declaración de fe. Estamos eligiendo creer en la bondad de Dios por encima de nuestros propios sentimientos de carencia. Estamos afirmando Su verdad y rechazando la premisa fundamental de la codicia.
Esta práctica transformadora se puede tejer en el tejido de nuestra vida diaria a través de hábitos simples e intencionales.
Un set de corazón libre
El viaje al corazón del Décimo Mandamiento nos lleva a una verdad poderosa y que altera la vida: Dios no está interesado en un pueblo que simplemente sigue las reglas. Él desea un pueblo cuyos corazones sean enteramente suyos y alegremente suyos. La orden «No codiciarás» no es una restricción cruel a nuestros deseos, sino una invitación amorosa a encontrar nuestra satisfacción más profunda en el único que realmente puede cumplirlos.
Es una advertencia contra las promesas vacías de un mundo que siempre nos dejará con ganas de más. Es una herramienta de diagnóstico que revela nuestro propio quebrantamiento y nos lleva a la cruz. Y es una guía que nos lleva hacia el camino de la libertad, un camino pavimentado con las disciplinas espirituales de la satisfacción y la poderosa práctica de la gratitud.
En un mundo que grita por nuestra lealtad a través de los ídolos del materialismo y la comparación, el llamado a una vida no codiciosa es un llamado radical a la adoración. Es un llamado a encontrar nuestro tesoro no en lo que nuestro prójimo posee, sino en las inescrutables riquezas de Cristo. Es un llamado a descansar en la tranquila confianza de que en Él tenemos todo lo que realmente necesitamos. Por su gracia, podemos aprender a calmar los antojos inquietos de nuestros corazones y encontrar la paz profunda y duradera que proviene de conocerlo y amarlo por encima de todo.
