¿Qué dice la Biblia sobre el ocultamiento de Dios?
La Biblia nos habla de muchas maneras sobre el misterio de la ocultación de Dios. Este no es un asunto simple, sino que requiere una reflexión en oración. En las Escrituras hebreas, encontramos pasajes que expresan la angustia de aquellos que sienten que Dios ha escondido Su rostro. El salmista grita: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?» (Salmo 13:1). Sin embargo, incluso en los momentos de ausencia percibida, sigue habiendo esperanza en el amor inquebrantable de Dios.
El profeta Isaías nos dice: «En verdad, tú eres un Dios que se esconde, oh Dios de Israel, el Salvador» (Isaías 45:15) (Fabrikant-Burke, 2021, pp. 159-181). Este versículo nos recuerda que el ocultamiento de Dios forma parte de su propia naturaleza como Creador trascendente y todopoderoso. Sus caminos están por encima de nuestros caminos, Sus pensamientos por encima de nuestros pensamientos.
Sin embargo, la Biblia también nos revela un Dios que desea ser conocido. En la persona de Jesucristo vemos la plenitud de la autodivulgación de Dios. Como escribe San Pablo, «Porque en él mora corporalmente toda la plenitud de la deidad» (Colosenses 2:9). Cristo es la imagen visible del Dios invisible.
Las Escrituras nos enseñan que el ocultamiento de Dios no es la ausencia, sino una invitación a buscarlo más profundamente. «Buscad al Señor mientras pueda ser hallado; invocadle mientras está cerca» (Isaías 55:6). En tiempos en que Dios parece oculto, estamos llamados a perseverar en la fe, confiando en que Él está obrando de maneras que no siempre podemos percibir.
¿Cómo conciliamos la aparente ausencia de Dios con sus promesas de estar presente?
Esta pregunta toca el corazón de nuestro camino de fe. Debemos abordarlo con humildad, reconociendo que nuestras limitadas mentes humanas no siempre comprenden fácilmente los caminos de Dios.
Dios ha prometido estar con nosotros siempre, como Jesús aseguró a sus discípulos: «Y he aquí, yo estoy con vosotros siempre, hasta el fin de los tiempos» (Mateo 28:20). Sin embargo, todos experimentamos momentos en que Dios parece distante o silencioso. ¿Cómo reconciliamos esta aparente contradicción?
Debemos entender que la presencia de Dios no siempre se siente emocionalmente ni se percibe claramente. Su presencia es una realidad que trasciende nuestros sentimientos o percepciones. Así como el sol sigue brillando incluso cuando está oculto por las nubes, la presencia de Dios permanece constante incluso cuando no podemos sentirla (Fabrikant-Burke, 2021, pp. 159-181).
Debemos considerar que lo que percibimos como la ausencia de Dios puede ser en realidad una invitación a crecer en la fe. San Agustín expresó bellamente esta idea: «Tú nos has hecho para ti, oh Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti». El sentimiento de la ausencia de Dios puede despertar en nosotros un anhelo más profundo por su presencia, incitándonos a buscarlo más intensamente.
Debemos recordar que la presencia de Dios a menudo se manifiesta de maneras que no podríamos esperar. Él puede estar presente en la bondad de un extraño, en la belleza de la creación, o en las profundidades silenciosas de nuestros propios corazones. Como personas de fe, estamos llamadas a cultivar una conciencia de la presencia de Dios en todos los aspectos de la vida (Montang et al., 2023).
Finalmente, no olvidemos la poderosa verdad de la Encarnación. En Jesucristo, Dios ha entrado plenamente en nuestra experiencia humana, incluyendo los tiempos de sentirse abandonado. En la cruz, Jesús gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46). A través de esto, santificó incluso nuestras experiencias de la aparente ausencia de Dios.
Cuando luchemos con la aparente ausencia de Dios, aferrémonos a sus promesas. Confiemos en que Él está obrando de maneras que no siempre podemos ver, atrayéndonos a una fe más profunda y madura. Porque como nos recuerda san Pablo: «Caminamos por la fe, no por la vista» (2 Corintios 5:7).
¿Es el ocultamiento de Dios una prueba de fe?
Esta pregunta toca un profundo misterio de nuestra relación con Dios. Si bien debemos ser cautelosos al etiquetar simplistamente todos los desafíos de la vida como «pruebas» de Dios, existe un sentido en el que el ocultamiento de Dios puede servir para fortalecer y purificar nuestra fe.
En las Escrituras, vemos ejemplos de individuos fieles cuya confianza en Dios fue probada a través de períodos de aparente ausencia divina o silencio. Considere la historia de Job, que mantuvo su fe a pesar del inmenso sufrimiento y el aparente ocultamiento de Dios. O piense en Abraham, llamado a sacrificar a su hijo Isaac, confiando en Dios incluso cuando Sus propósitos parecían incomprensibles (Fabrikant-Burke, 2021, pp. 159-181).
Estos relatos bíblicos sugieren que los tiempos de la ausencia percibida de Dios pueden ser oportunidades para que nuestra fe crezca y madure. Así como el oro es refinado por el fuego, así nuestra fe puede ser purificada a través de desafíos. El apóstol Pedro escribe: «En esto os regocijáis, aunque ahora por un tiempo, si es necesario, habéis estado afligidos por diversas pruebas, de modo que la probada autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece aunque sea probado por el fuego, puede resultar en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo» (1 Pedro 1, 6-7).
Pero debemos tener cuidado de no ver el ocultamiento de Dios únicamente como una prueba o un juicio. Dios no es un examinador distante, observando fríamente nuestras luchas. Más bien, Él es un Padre amoroso que desea una relación con nosotros. Su aparente ocultamiento puede ser una invitación a buscarlo más profundamente, a ir más allá de la fe superficial a una confianza e intimidad más poderosas (Mello, 2002).
Lo que percibimos como el ocultamiento de Dios puede ser en realidad un reflejo de nuestro propio estado espiritual. El pecado, las distracciones o la falta de voluntad para escuchar pueden crear barreras que nos dificultan percibir la presencia de Dios. En tales casos, la «prueba» no es una impuesta por Dios, sino una oportunidad para el autoexamen y la renovación.
Recordemos también que la fe misma es un don de Dios. Si nos encontramos luchando con el ocultamiento de Dios, podemos orar por la gracia de confiar incluso cuando no podemos ver o sentir su presencia. Como dijo Jesús a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto ni creído» (Juan 20, 29).
Si bien el ocultamiento de Dios puede servir para fortalecer nuestra fe, no lo reduzcamos a una mera prueba. En cambio, vámoslo como una invitación a una confianza más profunda, una llamada a perseverar en el amor y una oportunidad para crecer en nuestra relación con Aquel que, aunque a veces oculto, siempre está fielmente presente.
¿Cómo podemos experimentar la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana?
Experimentar la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana es tanto un regalo como una práctica. Requiere un corazón abierto, un espíritu atento y la voluntad de reconocer a Dios en los momentos ordinarios de nuestros días.
Debemos cultivar una vida de oración. La oración no es solo hablar a Dios, sino también escuchar. En el silencio de nuestros corazones, en momentos de quietud, podemos sintonizarnos con la voz gentil de Dios. Como nos anima el salmista, «Estad quietos y sabed que yo soy Dios» (Salmo 46:10). Haga tiempo cada día para la reflexión tranquila y la comunión con Dios (Montang et al., 2023).
Podemos experimentar la presencia de Dios a través de su Palabra. Las Escrituras no son meramente textos antiguos, sino la Palabra viva de Dios. Cuando leemos y meditamos sobre la Biblia, nos abrimos a la voz de Dios que habla directamente a nuestros corazones y circunstancias. Como dijo San Jerónimo: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo».
También podemos encontrar a Dios en la belleza y maravilla de la creación. San Francisco de Asís vio la mano de Dios en toda la naturaleza, desde el sol y la luna hasta las criaturas más pequeñas. Tómese el tiempo para apreciar el mundo que lo rodea, reconociéndolo como un regalo de nuestro amoroso Creador (Montang et al., 2023).
Experimentamos la presencia de Dios en nuestras relaciones con los demás. Jesús nos enseñó que cuando servimos al más pequeño de nuestros hermanos y hermanas, lo servimos a Él (Mateo 25:40). Busca a Cristo en los rostros de aquellos que encuentras cada día, especialmente aquellos que están sufriendo o en necesidad.
Los sacramentos también son formas poderosas de experimentar la presencia de Dios. En la Eucaristía, nos encontramos con Cristo de una manera íntima única. La participación regular en los sacramentos puede profundizar nuestra conciencia de la presencia de Dios en todos los aspectos de la vida.
Recuerda que la presencia de Dios no siempre se siente como una experiencia emocional. A veces se percibe a través de la paz en circunstancias difíciles, la fuerza para enfrentar desafíos o momentos inesperados de alegría. Esté atento a estos signos sutiles de la obra de Dios en su vida (Proeschold-Bell et al., 2014, pp. 878-894).
Finalmente, cultiva la gratitud. Cuando nos acercamos a la vida con gratitud, somos más conscientes de las bendiciones y la presencia de Dios. Como nos exhorta San Pablo, «Alégrate siempre, ora sin cesar, da gracias en todas las circunstancias» (1 Tesalonicenses 5:16-18).
Al integrar estas prácticas en nuestra vida cotidiana, podemos crecer en nuestra conciencia de la presencia constante de Dios. Incluso en los momentos en que Dios parece distante, podemos confiar en que está cerca, ya que, como san Agustín expresó bellamente, «Dios está más cerca de nosotros que nosotros de nosotros mismos».
¿Qué papel desempeña el pecado en nuestra percepción de la ausencia de Dios?
Esta es una pregunta poderosa que toca la naturaleza misma de nuestra relación con Dios. El pecado, en su esencia, es lo que nos separa de Dios. Puede desempeñar un papel importante en nuestra percepción de la ausencia de Dios, aunque debemos abordar este tema con gran cuidado y compasión.
Debemos entender que el pecado puede crear una barrera entre nosotros y Dios, no porque Dios se retire de nosotros, sino porque nos alejamos de Él. El profeta Isaías escribe: «Pero vuestras iniquidades os han separado de vuestro Dios, y vuestros pecados os han ocultado su rostro para que él no oiga» (Isaías 59:2). Este versículo sugiere que nuestros pecados pueden nublar nuestra percepción de la presencia de Dios (Fabrikant-Burke, 2021, pp. 159-181).
El pecado puede distorsionar nuestra visión espiritual, dificultando que reconozcamos la obra de Dios en nuestras vidas. Puede llevarnos a buscar la plenitud en otras cosas que no sean Dios, dejándonos sintiéndonos vacíos y distantes de Él. Como decía san Agustín: «Tú nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que reposa en ti».
El pecado no confesado puede conducir a sentimientos de culpa y vergüenza, haciendo que nos escondamos de Dios como lo hicieron Adán y Eva en el Jardín del Edén. Esta distancia autoimpuesta puede confundirse con la ausencia de Dios, cuando en realidad somos nosotros los que nos hemos alejado (Gruseke, 2022, pp. 254-256).
Pero debemos tener cuidado de no suponer que cada experiencia de la ausencia de Dios se debe al pecado personal. Como vemos en la vida de Job, incluso los justos pueden experimentar tiempos de oscuridad espiritual. Los caminos de Dios son misteriosos, y su aparente ausencia puede tener muchas causas más allá de nuestro entendimiento.
La buena noticia es que ningún pecado es demasiado grande para separarnos del amor de Dios. Como nos asegura san Pablo: «Porque estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los gobernantes, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra cosa en toda la creación podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 8:38-39).
Cuando nos encontramos sintiéndonos distantes de Dios debido al pecado, el remedio no es la desesperación, sino el arrepentimiento. El sacramento de la Reconciliación nos ofrece la hermosa oportunidad de experimentar la misericordia de Dios y restablecer nuestra relación con Él. Al confesar nuestros pecados y recibir la absolución, podemos experimentar tangiblemente la presencia y el perdón de Dios.
Recordemos también que nuestra percepción de la ausencia de Dios puede ser una invitación a examinar nuestras vidas, a alejarnos del pecado y a buscar a Dios con renovado fervor. En Su gran amor, Dios usa incluso nuestras luchas con el pecado para acercarnos a Él.
Si bien el pecado puede afectar a nuestra percepción de la presencia de Dios, nunca olvidemos que el amor y la misericordia de Dios son siempre mayores que nuestro pecado. A medida que nos esforzamos por vivir en armonía con la voluntad de Dios, que seamos cada vez más conscientes de su presencia constante y amorosa en nuestras vidas.
¿Cómo se relaciona el ocultamiento de Dios con el libre albedrío y la creencia?
La cuestión del ocultamiento de Dios y su relación con el libre albedrío humano ha dejado perplejos a teólogos y creyentes durante siglos. Sin embargo, al luchar con este misterio, podemos obtener información poderosa sobre el amor de Dios y la dignidad que Él nos ha otorgado a cada uno de nosotros.
El ocultamiento de Dios —el hecho de que no hace que su existencia sea abrumadoramente obvia para todos— está íntimamente relacionado con el don del libre albedrío. Nuestro amoroso Creador desea una relación genuina con nosotros, basada en la libre elección en lugar de la coerción. Si la existencia de Dios fuera tan innegable como el sol en el cielo, no tendríamos más remedio que creer. Nuestra fe no sería un don dado libremente, sino una necesidad lógica impuesta sobre nosotros (Dobrzeniecki, 2022).
Al mantener un cierto ocultamiento, Dios crea el espacio para que florezca la fe auténtica. Él nos invita a una relación de confianza, donde debemos dar pasos hacia Él incluso cuando no podemos ver el cuadro completo. Este ocultamiento permite la posibilidad de duda, lo que a su vez permite la posibilidad de una creencia libremente elegida (Dobrzeniecki, 2022).
Al mismo tiempo, debemos recordar que el ocultamiento de Dios no es absoluto. Se ha revelado de innumerables maneras: a través de la creación, a través de la Escritura, a través del testimonio de los creyentes, y más perfectamente a través de la encarnación de su Hijo, Jesucristo. Dios proporciona suficiente evidencia para que aquellos con corazones abiertos lo encuentren, al tiempo que preserva la libertad de aquellos que eligen no creer (Dobrzeniecki, 2022).
Este delicado equilibrio refleja el poderoso respeto de Dios por la dignidad humana y el libre albedrío. Él no se fuerza a sí mismo sobre nosotros, sino que gentil y persistentemente nos invita a la relación. En este sentido, podemos ver el ocultamiento de Dios no como ausencia o indiferencia, sino como un signo de su amorosa moderación, una restricción que nos permite el espacio para elegirlo libremente (Dobrzeniecki, 2022).
¿Hay razones históricas por las que Dios parece menos visiblemente activo hoy?
Cuando miramos el mundo que nos rodea, a veces se puede sentir como si Dios fuera menos visiblemente activo que en las historias que leemos en las Escrituras. Pero debemos tener cuidado de no confundir un cambio en nuestra percepción con un cambio en la actividad de Dios. Nuestro Padre amoroso está tan presente y activo hoy como lo ha estado siempre.
Pero hay varios cambios históricos y culturales que pueden contribuir a la sensación de que Dios es menos visiblemente activo en nuestro mundo moderno:
Vivimos en una era de rápidos avances científicos y tecnológicos. Muchos fenómenos que una vez fueron atribuidos directamente a la intervención divina ahora se pueden explicar a través de procesos naturales. Este cambio en la comprensión, al tiempo que amplía nuestro conocimiento de la creación de Dios, a veces puede conducir a una disminución del sentido de la presencia inmediata de Dios (Kaufmann, 2011).
Nuestra sociedad moderna se ha secularizado cada vez más, particularmente en el mundo occidental. La esfera pública a menudo se considera separada de las preocupaciones religiosas, y la fe se ve cada vez más como un asunto privado. Esta compartimentación de la religión puede dificultar el reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida cotidiana y en la sociedad en general (Kaufmann, 2011).
El ritmo y las distracciones de la vida moderna pueden dificultar el cultivo de la quietud y la atención necesarias para percibir el funcionamiento sutil de Dios. Nuestra conectividad constante y la avalancha de información a la que nos enfrentamos pueden ahogar el susurro silencioso de la voz de Dios (Foster, 2014).
Debemos considerar la naturaleza cambiante de la experiencia religiosa misma. En épocas anteriores, las experiencias religiosas comunales y las interpretaciones compartidas de eventos como intervenciones divinas eran más comunes. Hoy en día, la fe es a menudo más individualizada, lo que puede dificultar el reconocimiento y la validación de las experiencias de la actividad de Dios (Foster, 2014).
Pero no debemos desanimarnos. El aparente ocultamiento de Dios no es un signo de su ausencia, sino una invitación a buscarlo más profundamente. De hecho, esta distancia percibida puede ser una oportunidad para el crecimiento en la fe y la madurez espiritual.
Recordemos que Dios a menudo trabaja de maneras que no son inmediatamente aparentes. Su actividad no está siempre en los grandes milagros, sino en las tranquilas transformaciones de los corazones, en los actos de amor y servicio, en la belleza de la creación y en las misteriosas obras de gracia en nuestras vidas y en el mundo.
Como seguidores de Cristo, estamos llamados a estar atentos a estos signos sutiles de la presencia y la acción de Dios. Debemos cultivar ojos de fe que puedan percibir Su obra en los momentos ordinarios de la vida. A través de la oración, la reflexión sobre las Escrituras y la participación en los sacramentos, podemos desarrollar una sensibilidad más profunda a la actividad continua de Dios en nuestro mundo.
¿Cómo deben responder los cristianos a los sentimientos de la ausencia de Dios?
Los sentimientos de ausencia de Dios son una experiencia común y a menudo dolorosa en la vida espiritual. Incluso grandes santos como la Madre Teresa han luchado con tales sentimientos. Sin embargo, estos momentos, por desafiantes que sean, pueden convertirse en oportunidades para un poderoso crecimiento espiritual y la profundización de la fe.
Debemos recordar que los sentimientos de ausencia de Dios no equivalen a su ausencia real. Nuestro Dios es fiel y ha prometido nunca dejarnos ni abandonarnos (Deuteronomio 31:6). Estos sentimientos, aunque reales y a veces intensos, no son la realidad completa de nuestra relación con Dios (Dobrzeniecki, 2022).
Ante tales sentimientos, os animo a perseverar en la oración y en las prácticas de vuestra fe. Continúe asistiendo a la Misa, reciba los sacramentos, lea las Escrituras y participe en obras de caridad. Estas prácticas nos mantienen conectados con Dios y con la comunidad de fe, incluso cuando nuestras emociones pueden sugerir lo contrario (Dobrzeniecki, 2022).
Puede ser útil expresar sus sentimientos honestamente a Dios en oración. Los Salmos proporcionan hermosos ejemplos de creyentes clamando a Dios en tiempos de ausencia sentida. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Salmo 22:1) es un grito resonado por Jesús mismo en la cruz. Dios es lo suficientemente grande como para manejar nuestras dudas, temores y sentimientos de abandono (Dobrzeniecki, 2022).
Busca el apoyo de tu comunidad de fe. Comparte tus luchas con amigos de confianza, un director espiritual o un sacerdote. A veces, escuchar las experiencias de otros que han caminado por valles similares puede proporcionar comodidad y perspectiva (Dobrzeniecki, 2022).
Utilice este tiempo para examinar sus expectativas de Dios y su vida espiritual. A veces surgen sentimientos de ausencia de Dios cuando nuestras ideas sobre cómo debe actuar Dios o cómo debe sentirse nuestra fe no coinciden con nuestra experiencia real. Esto puede ser una invitación a dejar ir las falsas imágenes de Dios y profundizar nuestra comprensión de su verdadera naturaleza (Dobrzeniecki, 2022).
Recuerde que el crecimiento espiritual a menudo implica períodos de consuelo y desolación. San Ignacio de Loyola enseña que los tiempos de ausencia sentida pueden ser oportunidades para crecer en la fe, la esperanza y el amor, virtudes que se fortalecen cuando elegimos creer y actuar fielmente incluso sin el apoyo de sentimientos positivos (Martín, 1964, pp. 216-219).
Por último, busca la presencia de Dios en lugares nuevos e inesperados. A veces, cuando Dios parece ausente en contextos religiosos tradicionales, puede estar revelándose a sí mismo a través de la naturaleza, a través de actos de bondad de los demás, o a través del servicio a los necesitados. Ampliar nuestra visión puede ayudarnos a reconocer la actividad continua de Dios en nuestras vidas (Foster, 2014).
Sobre todo, manténganse firmes en la esperanza. El amor de Dios por ti no cambia, independientemente de tus sentimientos. Estos tiempos de ausencia sentida, aunque difíciles, son a menudo precursores de experiencias nuevas y más profundas de la presencia de Dios. Confía en su fidelidad y amor, que perduran incluso cuando están ocultos de nuestra percepción inmediata.
¿Qué podemos aprender de los santos y místicos que experimentaron la «noche oscura del alma»?
La «noche oscura del alma», un término acuñado por San Juan de la Cruz, se refiere a una poderosa experiencia espiritual de aparente abandono por parte de Dios. Muchos santos y místicos a lo largo de la historia han lidiado con este desafiante estado espiritual, y sus experiencias ofrecen lecciones valiosas para todos nosotros en nuestros viajes espirituales.
La noche oscura nos enseña que los períodos de sequedad espiritual y la ausencia sentida de Dios no son signos de fracaso o abandono, sino que pueden ser partes integrales del crecimiento espiritual. Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa de Ávila y Madre Teresa experimentaron períodos prolongados de oscuridad espiritual, pero surgieron con una fe más profunda y una unión más estrecha con Dios (Martin, 1964, pp. 216-219).
Estos hombres y mujeres santos nos enseñan la importancia de la perseverancia en la fe. A pesar de no sentir consuelo en la oración y a veces incluso dudar de la existencia de Dios, siguieron orando, sirviendo a los demás y viviendo sus vocaciones. Su fidelidad frente a las tinieblas es un poderoso testimonio de la fuerza que proviene de la gracia (Martin, 1964, pp. 216-219).
La noche oscura también revela las limitaciones de las experiencias emocionales en la vida espiritual. Si bien los sentimientos de la presencia de Dios pueden ser hermosos dones, los santos nos recuerdan que la verdadera fe trasciende los sentimientos. San Juan de la Cruz enseña que Dios a veces retira consolaciones sensatas para purificar nuestra fe y llevarnos a amarlo solo por sí mismo, no por los buenos sentimientos que podríamos derivar de las prácticas espirituales (Martin, 1964, pp. 216-219).
Las experiencias de estos santos y místicos resaltan el poder transformador del sufrimiento cuando se unen a Cristo. Sus noches oscuras, por dolorosas que fueran, llevaron a un poderoso crecimiento espiritual y a una capacidad más profunda para amar a Dios y a los demás. Ejemplifican las palabras de San Pablo sobre la participación en los sufrimientos de Cristo (Filipenses 3:10) (Martín, 1964, pp. 216-219).
La noche oscura también nos enseña sobre la naturaleza del amor de Dios. Incluso cuando estos individuos santos se sentían abandonados, Dios en realidad los estaba atrayendo a una intimidad más profunda. Esta paradoja revela que el amor y la presencia de Dios trascienden nuestras percepciones y sentimientos (Martin, 1964, pp. 216-219).
Las experiencias de los santos de la noche oscura pueden ofrecer consuelo a quienes luchan contra la depresión u otros problemas de salud mental. Si bien la noche oscura es distinta de la depresión clínica, la capacidad de los santos para encontrar significado e incluso crecimiento a través de su sufrimiento puede proporcionar esperanza y perspectiva (Martin, 1964, pp. 216-219).
Finalmente, la noche oscura experimentada por los santos nos recuerda el misterio pascual en el corazón de nuestra fe. Así como la muerte de Cristo en la cruz —su momento de oscuridad más profunda— llevó a la gloria de la resurrección, también nuestros tiempos de oscuridad espiritual pueden conducir a una nueva vida y a una unión más profunda con Dios (Martin, 1964, pp. 216-219).
Si te encuentras en una noche oscura espiritual, toma el corazón del ejemplo de los santos. Su experiencia, por desafiante que sea, puede ser un camino hacia el crecimiento y una intimidad más profunda con Dios. Perseveren en la fe, busquen el apoyo de su comunidad y confíen en el amor inquebrantable de Dios, que está presente incluso cuando está oculto a nuestra vista.
¿Cómo influye la encarnación de Cristo en nuestra comprensión del ocultamiento de Dios?
La encarnación de Jesucristo —Dios haciéndose humano en la persona de Jesús— afecta profundamente a nuestra comprensión del ocultamiento de Dios. En el rostro de Cristo, vemos tanto la revelación de Dios como, paradójicamente, una nueva dimensión de ocultamiento divino.
La encarnación es la máxima revelación de Dios. Como nos dice San Juan, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). En Jesús, el Dios invisible se hace visible, tangible y cognoscible de una manera radicalmente nueva. La vida, las enseñanzas, la muerte y la resurrección de Cristo revelan la naturaleza y el amor de Dios con una claridad sin precedentes (Sasidhar & Gonnuri, 2020, pp. 2479-2486).
Sin embargo, incluso en este acto supremo de revelación, permanece un elemento de ocultamiento. Jesús no vino como un rey conquistador o con un poder divino abrumador, sino como un humilde carpintero de Nazaret. Su divinidad estaba velada en la humanidad ordinaria, reconocible solo para aquellos con ojos de fe. Como escribe San Pablo, Cristo «se vació» (Filipenses 2:7), asumiendo las limitaciones de la existencia humana (Sasidhar & Gonnuri, 2020, pp. 2479-2486).
Esta paradoja de revelación y ocultamiento en la encarnación nos enseña importantes lecciones sobre la forma en que Dios está presente en nuestro mundo. Nos muestra que Dios a menudo elige trabajar a través de lo ordinario, lo humilde y lo aparentemente insignificante. La encarnación nos invita a buscar la presencia de Dios no solo en lo extraordinario, sino en los momentos cotidianos de nuestras vidas (Sasidhar & Gonnuri, 2020, pp. 2479-2486).
La encarnación proporciona un modelo de cómo podemos entender la presencia continua de Dios en el mundo. Así como la divinidad de Cristo estaba oculta dentro de su humanidad, también la acción de Dios en nuestro mundo podría estar oculta dentro de los procesos naturales y los acontecimientos humanos. Esto nos desafía a desarrollar una comprensión más matizada de la acción divina, que no siempre espera intervenciones dramáticas, sino que reconoce la sutil orientación y presencia sostenida de Dios (Foster, 2014).
La encarnación también habla de por qué Dios podría elegir un grado de ocultamiento. En Cristo, vemos el deseo de Dios de una relación genuina con la humanidad, una relación basada en el amor y la respuesta libre en lugar de un poder abrumador. La vulnerabilidad del Cristo encarnado invita a nuestro amor de una manera que una exhibición de irresistible poder divino no podría (Dobrzeniecki, 2022).
La encarnación de Cristo ofrece esperanza y consuelo en tiempos en los que Dios parece estar oculto. Nos asegura que Dios entiende la experiencia humana desde el interior, incluyendo los sentimientos de ausencia divina. Jesús mismo gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46), identificándose con todos los que sienten la ausencia de Dios (Martín, 1964, pp. 216-219).
Finalmente, la encarnación nos señala hacia la naturaleza sacramental de la realidad. Nos enseña que el mundo material puede ser un vehículo para la presencia y acción divina. Esta visión sacramental nos anima a buscar signos de la presencia de Dios en las personas, los acontecimientos y el mundo natural que nos rodea, incluso cuando Dios parece oculto (Foster, 2014).
Deja que el misterio de la encarnación profundice tu fe y agudice tu visión espiritual. Que te ayude a reconocer la presencia de Dios incluso en momentos de aparente ausencia, y que te llene de esperanza, sabiendo que nuestro Dios se ha acercado tanto a nosotros en Cristo.
Bibliografía:
Avny, A. (2023). La violencia, sus raíces y cómo detenerla
