¿Es Jesús nuestro padre, hermano o ambos?




  • La hermandad de Jesús enfatiza el amor íntimo de Dios: Al hacerse humano y llamarnos "hermanos y hermanas", Jesús revela el deseo de Dios de una relación cercana y familiar con la humanidad, cerrando la brecha entre lo divino y lo humano.
  • Esta relación tiene profundas implicaciones: Ofrece sanidad y pertenencia, nos llama a vivir en obediencia a Dios e inspira amor y servicio dentro de la comunidad cristiana y más allá.
  • Jesús es a la vez hermano y Salvador: Su humanidad compartida le permite entender y simpatizar con nosotros, mientras que su divinidad le da poder para expiar nuestros pecados y ofrecernos la salvación.
  • Los primeros Padres de la Iglesia afirmaron este concepto: Vieron la hermandad de Jesús como esencial para nuestra adopción como hijos de Dios, una fuente de consuelo y un llamado a participar en la vida divina.

¿Cómo se describe a Jesús como nuestro hermano en la Biblia?

En el Evangelio de Marcos, vemos a Jesús refiriéndose a sus discípulos como hermanos, diciendo: «¡Aquí están mi madre y mis hermanos! El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Marcos 3:34-35). Esta redefinición radical de la familia basada en el parentesco espiritual en lugar de los lazos de sangre apunta a una nueva comprensión de nuestra relación con Cristo.

La carta a los hebreos amplía este tema, declarando que Jesús «no se avergüenza de llamarlos hermanos y hermanas» (Hebreos 2:11). Este pasaje hace hincapié en la solidaridad de Cristo con la humanidad, asumiendo nuestra naturaleza para traernos la salvación. Veo en esto una poderosa curación de nuestro sentido de alienación y soledad: somos abrazados como familia por el Hijo de Dios mismo.

El apóstol Pablo, en su carta a los romanos, describe a Jesús como «el primogénito entre muchos hermanos y hermanas» (Romanos 8:29). Esta imagen de Cristo como nuestro hermano mayor en la familia de Dios habla de su preeminencia también del vínculo íntimo que compartimos con él como hijos adoptivos de Dios.

Históricamente, vemos a la Iglesia primitiva lidiando con cómo entender la naturaleza dual de Jesús como divina y humana. El concepto de hermandad ayudó a expresar la plena humanidad de Cristo, manteniendo al mismo tiempo su estatuto único. Os animo a reflexionar sobre cómo esta relación fraternal con Jesús puede profundizar vuestro propio camino de fe.

En todas estas representaciones bíblicas, vemos a un Jesús que se acerca a nosotros en amor, invitándonos a la misma familia de Dios. Esta no es una deidad distante e inaccesible que nos llama hermanos y hermanas. ¡Qué poderoso misterio y regalo es este! Abordémoslo con asombro, gratitud y un compromiso de vivir como verdaderos hermanos en Cristo.

¿Qué significa que Dios es nuestro Padre y Jesús es nuestro hermano?

Cuando hablamos de Dios como Padre, nos basamos en las enseñanzas y el ejemplo de Jesús. En la oración del Señor, Jesús nos invita a dirigirnos a Dios como «Padre nuestro» (Mateo 6:9), revelando una intimidad con lo Divino que fue revolucionaria en su tiempo. Esta paternidad de Dios no es biológicamente relacional y adoptiva. Como bien expresa san Pablo: «El Espíritu que habéis recibido no os hace esclavos, de modo que viváis de nuevo con miedo; Más bien, el Espíritu que recibiste trajo tu adopción a la filiación. Y por él clamamos: «Abba, Padre» (Romanos 8:15).

Psicológicamente, esta comprensión de Dios como Padre puede ser profundamente sanadora. Para aquellos que han experimentado padres terrenales amorosos, proporciona un modelo familiar para relacionarse con lo Divino. Para aquellos que han sido heridos por las relaciones paternas, ofrece la posibilidad de experimentar la paternidad perfecta que les puede haber faltado.

Jesús como nuestro hermano fluye naturalmente de este concepto de paternidad divina. Si somos hijos adoptados de Dios a través de Cristo, entonces Jesús se convierte en nuestro hermano mayor en esta familia espiritual. Esta hermandad no es de igualdad —Jesús sigue siendo exclusivamente el Hijo de Dios—, sino de herencia compartida y relación íntima.

Históricamente, vemos a la Iglesia primitiva luchando con la forma de expresar la naturaleza dual de Cristo como plenamente divina y plenamente humana. El lenguaje de la hermandad contribuyó a poner de relieve la auténtica humanidad de Cristo, manteniendo al mismo tiempo su condición única de Hijo de Dios.

Esta comprensión familiar de nuestra relación con Dios y Cristo tiene implicaciones poderosas sobre cómo vivimos nuestra fe. Nos llama a una profunda intimidad con lo Divino, a confiar en el amor paternal de Dios y a mirar a Jesús como nuestro modelo y guía. También nos desafía a ver a toda la humanidad como hermanos y hermanas potenciales en esta familia divina.

Te animo a reflexionar sobre lo que significa en tu propia vida relacionarte con Dios como Padre y Jesús como hermano. ¿Cómo podría esto transformar tu vida de oración, tu sentido de identidad y tus relaciones con los demás? Abordemos este gran misterio con humildad, asombro y gratitud por el amor que nos ha hecho parte de la propia familia de Dios.

¿Puede Jesús ser a la vez nuestro hermano y nuestro Señor?

Esta pregunta se refiere a uno de los misterios más poderosos de nuestra fe: la naturaleza dual de Jesús como plenamente humano y plenamente divino. Al explorar esta paradoja, abordémosla con rigor intelectual y humildad espiritual.

, La Escritura nos presenta a Jesús en ambos roles. Como hemos comentado, se describe a Jesús como nuestro hermano, compartiendo nuestra humanidad e invitándonos a formar parte de la familia de Dios. Sin embargo, también es proclamado inequívocamente como Señor, el divino Hijo de Dios digno de nuestra adoración y obediencia.

Desde una perspectiva teológica, este doble papel de Jesús está arraigado en la doctrina de la Encarnación. Como afirmó el Concilio de Calcedonia en 451 dC, Cristo es «verdaderamente Dios y verdaderamente hombre». Esta unión hipostática permite que Jesús sea tanto nuestro hermano en su humanidad como nuestro Señor en su divinidad.

Psicológicamente, esta relación dual con Jesús puede ser profundamente significativa. Como nuestro hermano, Jesús proporciona un modelo de humanidad perfecta, mostrándonos cómo vivir en una relación correcta con Dios y los demás. Entiende nuestras luchas y debilidades, ya que «ha sido tentado en todos los sentidos, como nosotros, pero no ha pecado» (Hebreos 4:15). Como nuestro Señor, Él proporciona la autoridad divina y el poder para guiar y transformar nuestras vidas.

Históricamente, vemos a la Iglesia primitiva lidiando con varias herejías que enfatizaban un aspecto de la naturaleza de Cristo a expensas del otro. La afirmación de Jesús como hermano y Señor ayudó a mantener el equilibrio crucial entre su humanidad y divinidad.

En los Evangelios, vemos a Jesús encarnando ambos roles. Él comparte las comidas con sus discípulos como un hermano, pero también manda al viento y las olas como Señor. Él llora en la tumba de Lázaro, mostrando su empatía humana, pero lo levanta de entre los muertos, demostrando su poder divino.

Te animo a abrazar ambos aspectos de tu relación con Cristo. Miren a Él ofreciendo su adoración y obediencia.

Esta paradoja de Jesús como hermano y Señor refleja la hermosa complejidad de nuestra fe. Nos invita a una relación íntima con lo Divino mientras mantenemos un sentido de reverencia y asombro. Abordemos este misterio con asombro, gratitud y un compromiso de seguir a Cristo tanto en su humanidad como en su divinidad.

¿Cómo se refirió Jesús a sus discípulos como hermanos?

En los Evangelios, vemos a Jesús usando el lenguaje familiar para describir Su relación con Sus seguidores. Quizás el ejemplo más llamativo viene después de su resurrección, cuando le dice a María Magdalena: «Ve a mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Juan 20, 17). Aquí, Jesús incluye explícitamente a Sus discípulos en Su propia relación con el Padre.

A lo largo de su ministerio, Jesús se refiere repetidamente a sus discípulos como hermanos. En el Evangelio de Mateo, declara: «Porque el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mateo 12:50). Esta declaración redefine radicalmente los lazos familiares, basándolos en el parentesco espiritual en lugar de los lazos de sangre.

Psicológicamente este lenguaje de hermandad habría sido profundamente importante para los discípulos. Creó un sentido de intimidad y pertenencia, transformando su relación con Jesús de mero maestro y estudiantes a un vínculo familiar. Esto habría sido particularmente poderoso en una cultura donde los lazos familiares eran primordiales.

Históricamente, vemos el uso del lenguaje fraternal por parte de Jesús como parte de un patrón más amplio en su ministerio de desafiar y redefinir las normas sociales. Al llamar a sus discípulos hermanos, estaba elevando su estatus y creando un nuevo tipo de comunidad basada en la fe compartida en lugar de la jerarquía social.

El uso del lenguaje fraternal por parte de Jesús no se limitó a su círculo íntimo de discípulos. En el Sermón del Monte, enseña a sus seguidores a ver incluso a sus enemigos como hermanos, diciendo: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mateo 5:44). Esto expande el concepto de hermandad para abarcar a toda la humanidad.

Os animo a reflexionar sobre lo que significa ser llamado hermano o hermana por Cristo mismo. ¿Cómo cambia esto tu comprensión de tu relación con Él? ¿Cómo podría transformar sus relaciones con los demás en la comunidad cristiana y más allá?

El uso del lenguaje fraternal por parte de Jesús nos invita a una relación profunda e íntima con Él y entre nosotros. Nos desafía a ver a todas las personas como hermanos y hermanas potenciales en Cristo, rompiendo las barreras de raza, clase y nacionalidad. Esforcémonos por estar a la altura de este alto llamado, encarnando el amor y la unidad que Cristo imaginó para su familia de fe.

¿Cuáles son las implicaciones de que Jesús sea nuestro hermano?

Jesús, como nuestro hermano, habla de la profundidad del amor de Dios por la humanidad. Como dice la carta a los hebreos: «Tanto el que santifica a las personas como los que se santifican pertenecen a la misma familia. Así que Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebreos 2:11). Esta íntima relación familiar revela el deseo de Dios de una estrecha comunión con nosotros, colmando la brecha entre lo divino y lo humano.

Psicológicamente esta relación fraternal con Jesús puede ser profundamente sanadora. Ofrece un sentido de pertenencia y aceptación que muchos pueden no haber experimentado en sus familias terrenales. Para aquellos que se han sentido alienados o rechazados, la idea de Jesús como un hermano amoroso puede proporcionar un poderoso consuelo emocional y espiritual.

Históricamente, el concepto de Jesús como hermano ha inspirado a innumerables creyentes a vivir vidas de amor y servicio radicales. Vemos esto en las primeras comunidades cristianas descritas en Hechos, donde los creyentes compartían todas las cosas en común, motivados por su comprensión de sí mismos como hermanos y hermanas en Cristo. A lo largo de la historia de la iglesia, este vínculo fraternal con Jesús ha alimentado movimientos de reforma social y cuidado de los marginados.

Las implicaciones de la hermandad de Jesús se extienden también a nuestras relaciones con los demás. Si Jesús es nuestro hermano, entonces todos los creyentes se convierten en nuestros hermanos en esta familia divina. Esto nos desafía a romper las barreras de raza, clase y nacionalidad, viendo a todas las personas como hermanos y hermanas potenciales en Cristo. Les insto a considerar cómo esta verdad podría transformar sus interacciones con los demás, tanto dentro como fuera de la Iglesia.

Jesús como nuestro hermano nos proporciona un modelo perfecto de vida humana vivida en armonía con la voluntad de Dios. Podemos considerar a nuestro hermano mayor como un ejemplo de cómo afrontar los retos y las tentaciones de la vida, confiando siempre en el amor y la guía del Padre.

Sin embargo, también debemos recordar que, si bien Jesús es nuestro hermano, sigue siendo únicamente el Hijo de Dios. Esta hermandad no disminuye Su divinidad o nuestra necesidad de adorarlo y obedecerlo como Señor. Más bien, nos invita a una relación de amor íntimo y admiración reverente.

¿En qué se diferencia Dios el Padre de Jesús de ser nuestro Padre?

Cuando contemplamos el poderoso misterio de la paternidad de Dios, debemos abordarlo con reverencia y asombro. La relación entre Dios Padre y Jesucristo es única y eterna, arraigada en la naturaleza misma de la Trinidad. Sin embargo, en Su amor infinito, Dios también extiende Su paternidad a nosotros, Sus hijos adoptivos.

Dios es el Padre de Jesús en un sentido absoluto e incomparable. Jesús, como el Verbo eterno hecho carne, comparte la misma naturaleza divina que el Padre. Su relación es de perfecta unidad, amor y comprensión que trasciende la comprensión humana. Como Jesús mismo declaró: «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10:30). Esta filiación divina es intrínseca al ser de Jesús, existiendo antes del tiempo mismo.

Por el contrario, nuestra relación como hijos de Dios es de adopción por gracia. No compartimos inherentemente la naturaleza divina de Dios, sino que somos invitados a su familia a través de la obra redentora de Cristo. Como San Pablo expresa bellamente, «Dios envió a su Hijo... para que recibiéramos la adopción como hijos» (Gálatas 4:4-5). Esta adopción es un poderoso regalo que no borra la distinción ontológica entre Creador y criatura.

La paternidad de Dios hacia Jesús se caracteriza por el conocimiento perfecto y la intimidad. Jesús podía decir con absoluta certeza: «Nadie conoce al Hijo excepto el Padre, y nadie conoce al Padre excepto el Hijo» (Mateo 11:27). Aunque estamos llamados a crecer en intimidad con Dios, nuestro conocimiento y relación siempre estarán limitados por nuestra naturaleza finita.

Sin embargo, no debemos disminuir la asombrosa realidad de nuestra adopción. A través de Cristo, somos verdaderamente hechos hijos de Dios, con todos los privilegios y responsabilidades que ello conlleva. Se nos invita a gritar «Abba, Padre» (Romanos 8:15), experimentando una cercanía a Dios que habría sido impensable para muchos en la era del Antiguo Testamento.

En nuestro camino espiritual, estamos llamados a imitar a Cristo en su filiación perfecta, cada vez más cerca del Padre a través de la oración, la obediencia y el amor. Aunque nunca alcanzaremos la relación única que Jesús tiene con el Padre, podemos profundizar continuamente nuestra experiencia del amor y cuidado paternal de Dios.

¿Qué enseñaron los primeros Padres de la Iglesia acerca de Jesús como nuestro hermano?

San Ireneo, gran defensor de la ortodoxia en el siglo II, hizo hincapié en cómo la encarnación de Cristo lo hizo verdaderamente nuestro hermano. Escribió: «Por eso la Palabra se hizo hombre, y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con la Palabra y recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios». Para Ireneo, la hermandad de Cristo con nosotros era esencial para nuestra salvación y adopción como hijos de Dios.

El elocuente San Juan Crisóstomo, hablando en el siglo IV, se maravilló de la condescendencia de Cristo al convertirse en nuestro hermano. Exclamó: «¡Qué cosa tan asombrosa es que Aquel que es Dios se digne a ser nuestro hermano!», Crisóstomo vio en esta relación fraternal una fuente de gran consuelo y aliento para los creyentes que se enfrentan a pruebas.

San Agustín, ese intelecto altísimo de los primeros reflexionó profundamente sobre Cristo como «primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8:29). Enseñó que a través del bautismo y la fe, somos incorporados al cuerpo de Cristo, convirtiéndose en sus hermanos y coherederos del reino del Padre. Agustín vio nuestra hermandad con Cristo como un llamado al amor mutuo y al servicio dentro de la Iglesia.

Los Padres Capadocianos, Basilio el Grande, Gregorio de Nyssa y Gregorio de Nazianzus, destacaron cómo la hermandad de Cristo con nosotros eleva nuestra naturaleza humana. Ellos enseñaron que al convertirse en nuestro hermano, Cristo diviniza nuestra humanidad, invitándonos a participar en la vida divina de la Trinidad.

San Cirilo de Alejandría, escribiendo en el siglo V, subrayó que la hermandad de Cristo con nosotros no es meramente metafórica, sino una poderosa realidad espiritual. Argumentó que a través de la Eucaristía, estamos unidos a Cristo como verdaderos hermanos y hermanas, compartiendo su vida divina.

Estos primeros Padres de la Iglesia enseñaron sistemáticamente que el papel de Jesús como nuestro hermano está íntimamente relacionado con su obra de salvación. Ellos vieron Su hermandad como un medio de elevarnos para compartir Su filiación divina, de consolarnos en nuestras luchas, y de unirnos como una sola familia en Dios.

¿Cómo se relaciona el papel de Jesús como hermano con su papel de Salvador?

La hermandad de Jesús con nosotros está intrínsecamente ligada a su misión salvadora. Al convertirse en nuestro hermano a través de la Encarnación, Cristo entra plenamente en nuestra condición humana, experimentando nuestras alegrías, tristezas y tentaciones. Como nos recuerda la carta a los Hebreos, «porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda simpatizar con nuestras debilidades, que en todos los aspectos haya sido tentado como nosotros, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Esta experiencia compartida permite a Jesús ser el mediador perfecto entre Dios y la humanidad.

Como hermano nuestro, Jesús demuestra la profundidad del amor de Dios por nosotros. Él nos muestra que el Creador Todopoderoso no es una fuerza distante e impersonal, un Padre amoroso que desea una relación íntima con Sus hijos. El amor fraternal de Cristo motiva y potencia su obra salvadora en nuestro nombre. Él no es un salvador desapegado que está personalmente invertido en nuestro bienestar y destino eterno.

La hermandad de Cristo también revela el propósito último de su obra salvadora: llevarnos a la familia divina. San Pablo enseña que Dios nos predestinó «a ser conformes a la imagen de su Hijo, para ser el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8:29). Jesús nos salva no solo para rescatarnos del pecado y la muerte para elevarnos al estatus de hijos adoptivos de Dios, compartiendo su propia filiación.

Como nuestro hermano, Jesús se convierte en el modelo y pionero de nuestra salvación. Él nos muestra el camino al Padre a través de Su perfecta obediencia y confianza. Su vida, muerte y resurrección trazan el curso que nosotros, como Sus hermanos, estamos llamados a seguir. De esta manera, Su hermandad no es solo una verdad reconfortante, un llamado desafiante al discipulado.

El papel de Cristo como hermano aumenta la eficacia de su obra salvadora al hacerla profundamente personal y relacional. Él no nos salva de una distancia que se acerca a nosotros en amor, llamándonos a responder en especie. Como bien expresó San Agustín, «Dios se hizo hombre para que el hombre se convirtiera en Dios», una transformación que fue posible gracias a nuestra íntima unión con Cristo como hermano y Salvador.

¿Qué versículos bíblicos muestran la relación fraternal de Jesús con los creyentes?

Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una vasta red de versículos que iluminan la poderosa relación fraternal entre Jesús y sus seguidores. Estos pasajes revelan no solo el profundo afecto de Cristo por nosotros, sino también el poder transformador de este parentesco espiritual.

Comencemos con las propias palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo. Después de su resurrección, instruye a María Magdalena, diciendo: «Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Mateo 28:10; Juan 20:17). Aquí, nuestro Señor se refiere explícitamente a Sus discípulos como hermanos, enfatizando la relación compartida que ahora tienen con el Padre.

En el Evangelio de Marcos, encontramos a Jesús extendiendo este vínculo familiar más allá de sus discípulos inmediatos. Cuando se le dijo que su madre y sus hermanos estaban fuera buscándolo, Él responde: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, Él dijo: «¡Aquí están mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Marcos 3, 33-35). Esta poderosa declaración demuestra que nuestra hermandad con Cristo está enraizada en nuestra obediencia a la voluntad de Dios.

El apóstol Pablo, en su carta a los romanos, habla de Cristo como «el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8:29). Este versículo no solo afirma la posición única de Jesús, sino que también pone de relieve la realidad de nuestra adopción en la familia de Dios a través de Él. Pablo profundiza en este tema en Hebreos, escribiendo: «Porque el que santifica y los que son santificados todos tienen una fuente. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebreos 2:11).

En la misma carta encontramos una hermosa expresión de la solidaridad de Cristo con nosotros: «Puesto que los hijos comparten carne y sangre, él también participó de las mismas cosas» (Hebreos 2:14). Este versículo subraya cómo la encarnación de Jesús lo hace verdaderamente nuestro hermano, compartiendo plenamente nuestra naturaleza humana.

El apóstol Juan, en su primera epístola, conecta nuestra hermandad con Cristo con nuestro amor mutuo: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (1 Juan 3:14). Esto nos recuerda que nuestra relación con Jesús como nuestro hermano debe reflejarse en nuestras relaciones con otros creyentes.

Por último, en el libro de Apocalipsis, vemos a Jesús como «el primogénito de los muertos» (Apocalipsis 1:5), un título que no solo habla de su resurrección, sino también de su papel como nuestro hermano mayor, que nos abre el camino hacia la vida eterna.

Estos versículos pintan un hermoso cuadro del amor fraternal de Cristo por nosotros. Nos desafían a reconocer la dignidad de nuestro llamado como hijos de Dios y hermanos de Cristo. Que vivamos de una manera que honre esta relación sagrada, tratándonos unos a otros con el amor y el respeto propios de los miembros de la familia de Dios.

¿Cómo deben los cristianos ver su relación con Jesús como hermano?

Debemos acercarnos a esta relación con un sentido de asombro y gratitud. Que el Hijo eterno de Dios condescienda a llamarnos Sus hermanos y hermanas es un testimonio del amor insondable de nuestro Padre celestial. Como escribe San Juan: «Mirad qué amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios; y así somos» (1 Juan 3:1). Esta realidad debe llenar nuestros corazones de alegría y asombro, inspirándonos a vivir vidas dignas de tal llamado.

Al mismo tiempo, debemos reconocer que nuestra hermandad con Cristo viene con gran responsabilidad. Jesús mismo dijo: «El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mateo 12:50). Reclamar a Cristo como nuestro hermano significa alinear nuestra voluntad con la del Padre, esforzándonos por vivir en obediencia y amor. Nos desafía a crecer en santidad, haciéndonos más como nuestro hermano mayor que es la imagen perfecta del Padre.

Nuestra relación con Jesús como hermano también debe fomentar un profundo sentido de intimidad y confianza. Así como podemos confiar en un hermano cercano, estamos invitados a llevar nuestras alegrías, tristezas y luchas a Cristo. La carta a los hebreos nos recuerda que «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda simpatizar con nuestras debilidades, que en todos los aspectos haya sido tentado como nosotros, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Esta experiencia compartida nos permite acercarnos a Jesús con confianza, sabiendo que Él entiende nuestra condición humana.

Ver a Jesús como nuestro hermano debe inspirarnos a un mayor amor y servicio hacia los demás. Si todos somos hermanos en Cristo, entonces tenemos el deber sagrado de cuidarnos unos a otros como familia. Como exhorta san Pablo: «Amaos los unos a los otros con afecto fraternal. Se superan unos a otros en la honra» (Romanos 12:10). Nuestra hermandad con Cristo debe reflejarse en la forma en que tratamos a nuestros compañeros creyentes y a toda la humanidad.

También debemos recordar que nuestra relación con Jesús como hermano no disminuye su divinidad o nuestra necesidad de adorarlo. Más bien, mejora nuestra comprensión del amor y el deseo de Dios de tener una relación íntima con nosotros. Estamos llamados a una perspectiva equilibrada que honre tanto la majestad de Cristo como Señor como su cercanía como hermano.

Finalmente, veamos esta relación fraternal como una fuente de esperanza y aliento. Como nuestro hermano mayor, Jesús ha ido delante de nosotros, conquistando el pecado y la muerte. Ahora intercede por nosotros a la diestra del Padre, asegurándonos nuestro lugar en la familia de Dios. Esto nos da confianza para afrontar los retos de la vida, sabiendo que nunca estamos solos y que nuestro destino final está seguro en Él.

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