El Antiguo Testamento utiliza el término «shedim» (demonios) con moderación, asociándolos con dioses falsos, mientras que el Nuevo Testamento presenta una visión desarrollada de los demonios, haciendo hincapié en su sujeción al poder de Dios a través de la autoridad de Jesús.
La teología cristiana define demonios y demonios como ángeles caídos, con Satanás como el diablo principal (diabolos) y demonios (daimonia) como espíritus menores que le sirven, destacando una jerarquía espiritual malvada organizada.
Los primeros Padres de la Iglesia a menudo usaban el «diablo» para Satanás y los «demonios» para sus seguidores, y veían a ambos como seres caídos bajo la soberanía de Dios, lo que afectaba a los puntos de vista sobre la posesión, el exorcismo y la espiritualidad.
Las denominaciones cristianas modernas varían en sus enseñanzas sobre demonios y demonios, que van desde interpretaciones literales y creencias de guerra espiritual activa hasta entendimientos metafóricos que se centran en el mal sistémico y las ideas psicológicas.