Gestas y Dimas: Examinando a los ladrones que murieron con Jesús




  • Los nombres Gestas y Dimas no se encuentran en la Biblia; provienen de la tradición cristiana posterior y de textos apócrifos (particularmente el Evangelio de Nicodemo del siglo IV). La Biblia simplemente se refiere a ellos como "ladrones" o "criminales" crucificados junto a Jesús.
  • Según el Evangelio de Lucas, un ladrón (tradicionalmente identificado como Dimas) se arrepintió y le pidió a Jesús que se acordara de él, recibiendo la promesa: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". El otro ladrón (tradicionalmente identificado como Gestas) se burló de Jesús. Este contraste se convirtió en un poderoso símbolo de la elección de la humanidad de aceptar o rechazar a Cristo.
  • El Evangelio de Juan registra que los romanos rompieron las piernas de ambos ladrones para acelerar sus muertes (una práctica llamada crurifragium), pero Jesús ya estaba muerto cuando llegaron a él. Sus cuerpos probablemente fueron retirados antes del sábado y enterrados en fosas comunes para criminales ejecutados.
  • Los Padres de la Iglesia, particularmente Agustín y Juan Crisóstomo, utilizaron estas figuras para enseñar sobre el arrepentimiento, la misericordia divina y el juicio. Si bien estas interpretaciones teológicas son significativas, es importante distinguir entre los relatos bíblicos y las tradiciones posteriores sobre estos hombres.

¿Quiénes fueron Gestas y Dimas en la Biblia?

Estos nombres en realidad no aparecen en los Evangelios canónicos. La Biblia no nombra a los dos hombres crucificados con Jesús, refiriéndose a ellos simplemente como "ladrones" o "criminales". Los nombres Gestas y Dimas provienen de la tradición cristiana posterior y de textos apócrifos.

Los Evangelios de Mateo y Marcos mencionan a dos "ladrones" crucificados con Jesús, uno a su derecha y otro a su izquierda. El relato de Lucas proporciona más detalles, describiendo cómo un criminal se burló de Jesús, aunque el otro lo defendió y pidió ser recordado en el reino de Cristo. El Evangelio de Juan menciona la crucifixión de otros dos con Jesús, pero no proporciona más detalles sobre ellos.

La tradición cristiana, buscando dar identidad a estas figuras anónimas, finalmente les asignó los nombres de Gestas y Dimas. Dimas se asoció con el ladrón penitente que reconoció la inocencia y divinidad de Cristo, mientras que Gestas fue identificado como el ladrón impenitente que se unió a las burlas contra Jesús.

Esta denominación y caracterización de los ladrones refleja la tendencia de la Iglesia primitiva a elaborar sobre los escasos relatos evangélicos, completando detalles para hacer la narrativa más vívida y cercana. También sirve a un propósito teológico, presentando dos respuestas contrastantes a Cristo –rechazo y aceptación– en el mismo momento de su muerte sacrificial.

Me parece fascinante cómo estas breves menciones evangélicas evolucionaron hasta convertirse en personajes completamente desarrollados en la tradición cristiana. Habla de nuestra necesidad humana de completar las narrativas, de encontrar significado en cada detalle de las historias sagradas. Debo enfatizar que, aunque estas tradiciones son significativas, van más allá de lo que podemos afirmar definitivamente basándonos solo en los textos bíblicos.

En nuestras reflexiones espirituales, Gestas y Dimas pueden servir como poderosos símbolos de la elección que todos enfrentamos en nuestro encuentro con Cristo: abrir nuestros corazones a su misericordia o alejarnos en la incredulidad. Sin embargo, debemos abordar tales tradiciones extrabíblicas con discernimiento, arraigándonos siempre en los relatos evangélicos mismos.

¿Fue Dimas al cielo después de ser crucificado con Jesús?

La cuestión del destino eterno de Dimas toca temas poderosos de misericordia divina, redención y el poder de la fe incluso en los momentos finales de la vida. Aunque debemos ser cautelosos al hacer afirmaciones definitivas más allá de lo que la Escritura establece explícitamente, hay razones sólidas para creer que el ladrón penitente, tradicionalmente llamado Dimas, lo hizo, lo cual proporciona el relato más detallado de la interacción entre Jesús y el ladrón penitente. En Lucas 23:39-43, leemos sobre la notable conversión de este criminal. Mientras un ladrón se burla de Jesús, este hombre reprende a su compañero criminal, reconoce su propia culpa, reconoce la inocencia de Jesús y luego hace una humilde petición: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino". La respuesta de Cristo es inmediata y asombrosa: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso".

Este intercambio ilustra bellamente la naturaleza ilimitada de la misericordia de Dios y el poder del arrepentimiento sincero. En sus horas finales, este hombre demuestra una verdadera contrición y una fe poderosa en la identidad divina y el poder salvador de Cristo. La promesa de Jesús de entrada inmediata al paraíso afirma la eficacia de esta conversión en el lecho de muerte.

Psicológicamente, este relato resuena profundamente con nuestra comprensión de la naturaleza humana. Incluso en nuestros momentos más oscuros, la capacidad de despertar moral y transformación espiritual permanece. La capacidad del ladrón penitente para reconocer su propia pecaminosidad y la justicia de Cristo, incluso en medio de una angustia física y emocional insoportable, habla de la resiliencia del espíritu humano y el poder iluminador de la gracia divina.

Históricamente, la Iglesia primitiva encontró gran esperanza y significado en este relato. Se convirtió en una poderosa ilustración de la misión de Cristo de buscar y salvar a los perdidos, demostrando que nadie está fuera del alcance del perdón de Dios si se vuelven a Él con fe sincera.

Pero debemos tener cuidado de no extrapolar demasiado de este único relato. Si bien ofrece una gran esperanza, no niega la importancia de una vida vivida en fe y obediencia a Dios. Más bien, destaca la primacía de la gracia de Dios y la conversión genuina del corazón sobre la mera religiosidad externa.

Aunque no podemos hablar con absoluta certeza sobre asuntos de destino eterno, la clara promesa de Cristo al ladrón penitente nos da razones sólidas para creer que este hombre, tradicionalmente conocido como Dimas, lo hizo. Mientras contemplamos la poderosa escena del Calvario, nos sentimos atraídos por las palabras intercambiadas entre nuestro Señor y los dos hombres crucificados junto a él. Estas breves interacciones, registradas en los Evangelios, ofrecen una ventana al drama humano que se desarrolla en medio del evento cósmico de nuestra salvación.

Reconozcamos primero que los Evangelios no usan los nombres Gestas y Dimas. Estos nombres provienen de la tradición posterior. Los relatos bíblicos se refieren simplemente a dos "ladrones" o "criminales". Con ese entendimiento, examinemos lo que la Escritura nos dice sobre sus palabras a Jesús.

El Evangelio de Lucas proporciona el relato más detallado de este diálogo. En Lucas 23:39-43, leemos que uno de los criminales crucificados con Jesús le lanzó insultos, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!". Este hombre, a quien la tradición posterior llamaría Gestas, se hace eco de las burlas de la multitud y los líderes religiosos. Sus palabras revelan un corazón endurecido por la amargura, incapaz de ver más allá de su propio sufrimiento para reconocer el misterio divino que se desarrolla ante él.

En contraste, el otro criminal, a quien la tradición llamaría Dimas, reprende a su compañero de sufrimiento. Él dice: "¿No temes tú a Dios, estando en la misma sentencia? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo". Luego, volviéndose a Jesús, pronuncia esas hermosas palabras de fe: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino".

Los Evangelios de Mateo y Marcos mencionan que ambos criminales inicialmente se unieron a las burlas contra Jesús, lo que sugiere un cambio de corazón en uno de ellos a medida que avanzaba la crucifixión. Este cambio psicológico es profundamente humano: un movimiento desde la desesperación y la ira hacia la humildad y la fe.

Me impresiona la respuesta contrastante de estos dos hombres que enfrentan la muerte. Uno permanece atrapado en el cinismo y la desesperación, arremetiendo contra la misma fuente de esperanza que tiene ante sí. El otro experimenta una poderosa transformación, pasando de la burla al arrepentimiento sincero y la fe. Esto ilustra cómo la crisis puede endurecer nuestros corazones o abrirlos a la gracia, dependiendo de nuestra respuesta.

Históricamente, estas reacciones contrastantes han sido vistas como representativas de los dos caminos abiertos a toda la humanidad en nuestro encuentro con Cristo: el rechazo o la aceptación. Las palabras del ladrón penitente han sido particularmente atesoradas por la Iglesia como un modelo de contrición sincera y confianza absoluta en la misericordia de Dios.

En nuestras propias vidas, podemos encontrarnos repitiendo las palabras de ambos hombres en diferentes momentos. En nuestro sufrimiento, podemos sentir la tentación de arremeter contra Dios, exigiendo que Él se pruebe a sí mismo eliminando nuestro dolor. Sin embargo, por la gracia de Dios, también podemos encontrar la humildad para reconocer nuestra propia pecaminosidad, la perfecta inocencia de Cristo y nuestra profunda necesidad de Su misericordia.

¿Por qué fueron crucificados Gestas y Dimas junto a Jesús?

La crucifixión estaba reservada por los romanos para las ofensas más graves, particularmente aquellas vistas como amenazas al orden imperial. Era un espectáculo público diseñado para disuadir a otros de cometer crímenes similares. El hecho de que estos hombres fueran sentenciados a la crucifixión indica que sus ofensas fueron consideradas graves por las autoridades romanas.

Históricamente, debemos considerar el contexto político y social de la Judea del siglo I. Fue una época de gran tensión entre la población judía y sus ocupantes romanos. El bandolerismo y la insurrección no eran infrecuentes. Algunos estudiosos han sugerido que estos "ladrones" pueden haber estado involucrados en actividades anti-romanas, quizás incluso asociados con movimientos zelotes.

La decisión de crucificar a Jesús entre estos dos criminales probablemente sirvió para múltiples propósitos para las autoridades romanas. Prácticamente, puede haber sido una cuestión de eficiencia: llevar a cabo múltiples ejecuciones a la vez. Simbólicamente, asoció a Jesús con otros infractores de la ley ante los ojos del público, reforzando los cargos contra él como una amenaza al orden romano.

Psicológicamente, este arreglo también creó un contraste poderoso. Jesús, el inocente Hijo de Dios, fue colocado entre dos hombres culpables, encarnando Su misión de salvar a los pecadores y presagiando Su papel como mediador entre Dios y la humanidad.

Para nosotros como cristianos, la presencia de estos criminales en la crucifixión adquiere un significado teológico poderoso. Cumple la profecía de Isaías 53:12 de que el Mesías sería "contado con los transgresores". También proporciona el escenario para una de las demostraciones más conmovedoras de la misericordia de Cristo: Su promesa del paraíso al ladrón penitente.

En nuestros propios viajes espirituales, podemos vernos reflejados en estos hombres anónimos. Como ellos, somos pecadores necesitados de redención. Enfrentamos la misma elección que ellos: endurecer nuestros corazones contra Cristo o volvernos a Él con fe y arrepentimiento, incluso en nuestros momentos más oscuros.

¿Cuál es el significado de los nombres Gestas y Dimas?

Se cree que el nombre Dimas, tradicionalmente asociado con el ladrón penitente, deriva de una palabra griega que significa "atardecer" o "muerte". Algunos estudiosos sugieren que puede estar relacionado con el griego "dysme", que significa "hundimiento" o "puesta de sol". Esta etimología es conmovedora, ya que evoca la idea de una vida que termina justo cuando se vuelve hacia la luz de Cristo.

Gestas, el nombre dado al ladrón impenitente, es menos claro en sus orígenes. Algunos lo vinculan con el latín "gestare", que significa "llevar" o "cargar", tal vez en referencia a la cruz que cargó. Otros sugieren que puede ser una corrupción del nombre "Gesmas" o "Gismas", que se encuentra en algunos textos apócrifos.

Estas etimologías son especulativas. Los nombres mismos probablemente surgieron a través de la tradición oral y los escritos apócrifos en lugar de registros históricos o fuentes bíblicas.

Psicológicamente, el acto de nombrar a estas figuras anónimas refleja nuestra necesidad humana de personalizar y concretar conceptos abstractos. Al dar nombres y antecedentes a los ladrones, los primeros cristianos hicieron que la narrativa evangélica fuera más vívida y cercana. Les permitió participar más profundamente en los temas del arrepentimiento, la misericordia divina y la elección humana universal entre la aceptación o el rechazo de Cristo.

Históricamente, el desarrollo de estos nombres y las leyendas que los rodean ilustra el proceso mediante el cual las primeras comunidades cristianas ampliaron los relatos evangélicos. Esta práctica, aunque piadosa en su intención, a veces desdibujó la línea entre la verdad bíblica y la tradición popular.

Como ejercicio espiritual, reflexionar sobre los significados atribuidos a estos nombres puede ser fructífero. "Dimas", con sus connotaciones de atardecer, nos recuerda que nunca es demasiado tarde para volver a Cristo. Incluso al final de la vida, la luz de la misericordia de Dios permanece disponible para aquellos que la buscan con corazones sinceros. "Gestas", si consideramos la interpretación de "cargar", podría impulsarnos a reflexionar sobre qué cargas llevamos y si permitimos que endurezcan nuestros corazones o nos vuelvan hacia la gracia de Dios.

Pero debemos abordar tales tradiciones extrabíblicas con discernimiento. Si bien pueden enriquecer nuestra reflexión espiritual, debemos ser cautelosos al elevarlas al nivel de verdad bíblica. El mensaje esencial no reside en los nombres mismos, sino en la realidad que representan: la elección humana universal de aceptar o rechazar la oferta de salvación de Dios en Cristo.

En nuestras propias vidas, estamos llamados a ver más allá de los nombres y etiquetas hacia las realidades espirituales más profundas que representan. Como Dimas y Gestas, cada uno de nosotros enfrenta la elección de abrir nuestros corazones al amor transformador de Cristo o permanecer cerrados en nuestra propia autosuficiencia. Que nosotros, como el ladrón penitente, siempre nos volvamos hacia la luz de Cristo, incluso en nuestros momentos más oscuros.

¿Qué dice la Biblia sobre los ladrones crucificados con Jesús?

Los evangelistas Mateo y Marcos nos dicen que dos "rebeldes" o "bandidos" fueron crucificados con Jesús, uno a Su derecha y otro a Su izquierda (Mateo 27:38, Marcos 15:27). El relato de Lucas ofrece más detalles, describiendo cómo uno de los criminales lanzó insultos a Jesús, aunque el otro lo reprendió y le pidió a Jesús que se acordara de él (Lucas 23:39-43). (Galadari, 2011)

En este momento, vemos un contraste poderoso: un hombre endureciendo su corazón incluso en sus horas finales, el otro abriéndose a la gracia y la redención. Me impresiona cómo estas dos respuestas reflejan la condición humana. En nuestros momentos más oscuros, nosotros también enfrentamos una elección: volvernos hacia adentro en amargura o hacia afuera en esperanza.

El Evangelio de Juan no nombra ni describe a los ladrones, pero nota su presencia y menciona que los soldados les rompieron las piernas para acelerar sus muertes, mientras que Jesús ya estaba muerto (Juan 19:32-33). Este detalle aparentemente pequeño nos recuerda el sufrimiento físico muy real soportado por todos en esa colina.

Si bien la tradición posterior llamaría a estos hombres Dimas y Gestas, las Escrituras no proporcionan sus nombres. Sin embargo, en su anonimato, ¿quizás podemos vernos a nosotros mismos más claramente? ¿Pues no somos todos pecadores necesitados de misericordia? ¿No estamos todos llamados a tomar esa misma elección, incluso en nuestros momentos finales: abrir nuestros corazones al perdón de Cristo?

¿Cuál de los ladrones fue al cielo según las Escrituras?

Según la Escritura, es el ladrón tradicionalmente conocido como Dimas a quien Jesús le promete el paraíso. Recordemos la escena: este hombre, crucificado por sus crímenes, reconoce la inocencia y la divinidad de Cristo. En un momento de fe poderosa, se vuelve a Jesús y dice: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino" (Lucas 23:42). (Galadari, 2011)

La respuesta de nuestro Señor es inmediata y llena de compasión: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23:43). En estas palabras, vemos el cumplimiento de la misión de Cristo: buscar y salvar a los perdidos, ofrecer redención incluso a aquellos que la sociedad había condenado.

Me impresiona cómo este relato desafía las suposiciones religiosas de la época de Jesús. Muchos creían que la salvación se ganaba a través de una vida de obras justas. Sin embargo, aquí vemos la gracia dada libremente en respuesta a la fe y el arrepentimiento.

Psicológicamente, esta interacción revela el poder transformador de reconocer las propias faltas y depositar la confianza en Dios. En sus momentos finales, este ladrón experimenta un poderoso cambio de perspectiva: de la autojustificación al humilde reconocimiento de su necesidad de misericordia.

Las Escrituras no establecen explícitamente qué le sucedió al otro ladrón. Si bien la tradición a menudo ha asumido su condenación, debemos ser cautelosos al hacer juicios definitivos. La misericordia de Dios es vasta, y los mecanismos internos del corazón humano en sus momentos finales solo los conoce Él.

Lo que podemos decir con certeza es que la Escritura nos presenta una poderosa imagen de salvación ofrecida y aceptada incluso en la hora undécima. Esto debería llenarnos de esperanza y desafiarnos a nunca renunciar a nadie, porque mientras haya vida, existe la posibilidad de volverse a Dios.

¿Qué enseñaron los Padres de la Iglesia sobre Gestas y Dimas?

Los nombres Gestas y Dimas no aparecen en la Escritura, sino que emergen en la tradición posterior. El uso más antiguo conocido de estos nombres se encuentra en el apócrifo Evangelio de Nicodemo, también conocido como los Hechos de Pilato, probablemente compuesto en el siglo IV. (Zatta, 2005, pp. 306–338)

Muchos Padres de la Iglesia vieron en los dos ladrones una representación de la elección de la humanidad entre la fe y la incredulidad. San Agustín, en sus Tratados sobre el Evangelio de Juan, escribe: “La cruz misma, si la observas bien, fue un tribunal: pues estando el Juez en medio, el que creyó fue liberado, el otro que se burló fue condenado”. Aquí, Agustín traza un paralelo entre los ladrones y el juicio final.

San Juan Crisóstomo, en sus homilías, enfatiza la rapidez de la conversión del ladrón penitente, viendo en ella un modelo de arrepentimiento perfecto. Se maravilla de cómo este hombre, en medio de su sufrimiento, fue capaz de reconocer la realeza y la divinidad de Cristo.

Psicológicamente, podríamos ver en estas interpretaciones un reconocimiento de la capacidad humana para el cambio y el poder de la fe para transformar incluso en los momentos más oscuros de la vida. Los Padres entendieron que estos relatos evangélicos hablaban a las necesidades más profundas del corazón humano: de misericordia, de pertenencia, de sentido en el sufrimiento.

Vale la pena señalar que, si bien la tradición posterior a menudo retrató a Gestas como obstinadamente impenitente, los primeros Padres generalmente se centraron más en el ejemplo positivo de Dimas. Su objetivo no era condenar, sino inspirar esperanza y fomentar el arrepentimiento entre los fieles.

Debo advertir contra el hecho de interpretar demasiado los detalles extrabíblicos sobre estas figuras. Los Padres de la Iglesia, en sus reflexiones, estaban más preocupados por las verdades espirituales que por los detalles históricos. Sus enseñanzas sobre Gestas y Dimas sirven principalmente para iluminar el mensaje evangélico de la misericordia de Dios y el llamado al arrepentimiento.

¿Hay algún versículo bíblico que mencione a Dimas y Gestas por su nombre?

Los Evangelios, en su sabiduría inspirada, no proporcionan nombres para los dos hombres crucificados junto a Jesús. Mateo y Marcos se refieren a ellos como “rebeldes” o “bandidos” (Mateo 27:38, Marcos 15:27). El relato de Lucas, que proporciona la mayor cantidad de detalles sobre sus interacciones con Jesús, simplemente los llama “criminales” (Lucas 23:32-33, 39-43). El Evangelio de Juan menciona su presencia pero no los describe (Juan 19:18, 32-33). (Galadari, 2011)

Me parece fascinante rastrear cómo estas figuras anónimas de los Evangelios adquirieron nombres en la tradición posterior. Los nombres Dimas y Gestas aparecen por primera vez en textos no canónicos, particularmente en el Evangelio de Nicodemo, también conocido como los Hechos de Pilato, que probablemente data del siglo IV. (Zatta, 2005, pp. 306–338)

Psicológicamente, podríamos reflexionar sobre por qué ha existido un deseo tan persistente de nombrar a estos hombres. Quizás habla de nuestra necesidad humana de hacer que las figuras abstractas sean más concretas, de vernos a nosotros mismos en las historias que consideramos sagradas. Al nombrar a los ladrones, la tradición los ha hecho más cercanos, más humanos.

Pero debemos ser cautelosos de no elevar la tradición extrabíblica al nivel de la Escritura. Los autores inspirados de los Evangelios, bajo la guía del Espíritu Santo, eligieron no proporcionar estos nombres. En este anonimato, quizás hay un punto teológico poderoso: que estas figuras representan a toda la humanidad en nuestra necesidad de redención.

Aunque los nombres Dimas y Gestas no se encuentran en la Biblia, el poderoso encuentro entre Jesús y el ladrón arrepentido está registrado en el Evangelio de Lucas. Este pasaje (Lucas 23:39-43) ha sido una fuente de esperanza y reflexión para los cristianos a lo largo de los siglos, recordándonos la misericordia de Cristo incluso en Su propio sufrimiento.

¿Qué pasó con los cuerpos de los ladrones después de la crucifixión?

El Evangelio de Juan nos dice que los líderes judíos pidieron a Pilato que les quebraran las piernas a los crucificados y bajaran los cuerpos, ya que no querían que los cuerpos permanecieran en las cruces durante el día de reposo (Juan 19:31-33). Este pasaje nos informa que los soldados quebraron las piernas de los dos hombres crucificados con Jesús; cuando llegaron a Jesús, lo encontraron ya muerto. (Galadari, 2011)

Debo señalar que esta práctica de quebrar las piernas, conocida como crurifragium, era un método romano común para acelerar la muerte en la cruz. El hecho de que esto se hiciera a los ladrones sugiere que todavía estaban vivos algún tiempo después de que Jesús hubiera muerto.

Psicológicamente, podríamos reflexionar sobre el sufrimiento añadido que esta acción habría causado no solo a los ladrones, sino a cualquiera de sus seres queridos que pudieran haber estado presentes. La crucifixión no fue diseñada solo para ejecutar, sino para humillar y servir como elemento disuasorio para otros. El tratamiento de los cuerpos era parte de este cruel espectáculo.

La ley judía, como se describe en Deuteronomio 21:22-23, requería que el cuerpo de un criminal ejecutado no se dejara expuesto durante la noche. Esto se alinea con el relato evangélico de José de Arimatea pidiendo el cuerpo de Jesús para enterrarlo antes de la puesta del sol. Es razonable suponer que los cuerpos de los ladrones habrían sido tratados de manera similar, aunque quizás con menos ceremonia.

Lo más probable es que los cuerpos de los ladrones hubieran sido bajados y enterrados en fosas comunes para criminales ejecutados. A diferencia de Jesús, cuyos seguidores proporcionaron un entierro honorable, estos hombres probablemente no recibieron ningún trato especial en la muerte.

Al considerar estas duras realidades, seamos movidos a una mayor compasión por todos los que sufren injusticia y crueldad en nuestro mundo actual. Recordemos también que, a los ojos de Dios, cada vida tiene dignidad, incluso aquellas que la sociedad puede considerar indignas. El encuentro del ladrón arrepentido con Cristo nos muestra que nunca es demasiado tarde para la misericordia y la redención.

Al final, aunque los detalles históricos pueden ser escasos, la verdad espiritual permanece: en la vida y en la muerte, estamos en las manos de Dios. Que esta reflexión profundice nuestra confianza en Su misericordia y fortalezca nuestro compromiso de defender la dignidad de toda vida humana.



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