
¿Qué significa el nombre “Cristo” y de dónde proviene?
El nombre “Cristo” conlleva un significado poderoso, arraigado en antiguas tradiciones que apuntan hacia el plan amoroso de Dios para la humanidad. Este título nos llega de la palabra griega “Christos”, que significa “el ungido”. Pero para comprender verdaderamente su significado, debemos mirar aún más atrás, a la palabra hebrea “Mashiach”, o Mesías (Boone, 2023).
En la tradición judía, la unción con aceite era un acto sagrado que simbolizaba la bendición de Dios y el nombramiento para un propósito santo. Reyes, sacerdotes y profetas eran ungidos, apartados para el servicio divino. Esta práctica creó un profundo anhelo en los corazones del pueblo de Dios: la esperanza del Ungido definitivo que traería la salvación y establecería el reino de Dios (Boone, 2023).
Los judíos de habla griega que tradujeron las Escrituras hebreas a la Septuaginta eligieron “Christos” para traducir “Mashiach”, tendiendo un puente entre culturas e idiomas. Este puente lingüístico resultaría providencial más tarde, permitiendo que las buenas nuevas de Jesús se difundieran rápidamente por todo el mundo grecorromano (Jesus, 2020, pp. 718–744).
Me impresiona cómo este título habla de nuestras necesidades humanas más profundas: de propósito, de redención, de un líder que realmente comprenda y pueda sanar nuestra fragilidad. El concepto de Cristo resuena en las profundidades de la psique humana, tocando arquetipos del héroe y del salvador divino.
Históricamente, vemos que el título “Cristo” surge en una coyuntura crucial, cuando las esperanzas mesiánicas judías estaban en su punto álgido bajo la ocupación romana. El escenario estaba listo para una figura que cumpliera las antiguas profecías e inaugurara una nueva era del reinado de Dios (Botner, 2019).
En Jesús de Nazaret, creemos que estas esperanzas encontraron su cumplimiento definitivo. El nombre “Cristo” lleva, por tanto, el peso de siglos de expectativas, promesas divinas y anhelos humanos. Proclama a Jesús como el ungido por Dios para traer la salvación, la reconciliación y la plenitud del reino de Dios a todas las personas (Boone, 2023).

¿Cuándo se utilizó por primera vez el título “Cristo” para Jesús en la Biblia?
Para rastrear el primer uso de “Cristo” para Jesús en las Escrituras, debemos embarcarnos en un viaje a través de los textos sagrados, guiados por la luz de la comprensión histórica y la percepción espiritual.
Los Evangelios, esos preciosos relatos del ministerio terrenal de nuestro Señor, presentan a Jesús como el Cristo desde sus primeras líneas. El Evangelio de Mateo comienza con “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mateo 1:1). Marcos abre con “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Marcos 1:1) (Botner, 2019).
Pero debo señalar que estos relatos escritos llegaron después de los eventos que describen. El primer uso cronológico de “Cristo” para Jesús en el Nuevo Testamento probablemente ocurre en las cartas de Pablo, los documentos escritos más antiguos de la fe cristiana. En 1 Tesalonicenses, fechada alrededor del año 50-51 d.C., Pablo se refiere repetidamente a “Jesucristo” o “Cristo Jesús” (Boone, 2023).
Pero profundicemos más, amigos míos. ¿Cuándo reconocieron por primera vez los seguidores de Jesús que él era el Cristo durante su ministerio terrenal? Los Evangelios presentan la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo como un momento crucial. Cuando Jesús preguntó: “¿Quién decís que soy yo?”, Pedro respondió: “Tú eres el Cristo” (Marcos 8:29). Este evento, aunque registrado más tarde, refleja una comprensión temprana entre los discípulos (Botner, 2019).
Me fascina el despertar gradual de esta comprensión entre los seguidores de Jesús. No fue un reconocimiento inmediato, sino una conciencia creciente a medida que presenciaban sus enseñanzas, milagros y el cumplimiento de las profecías en su persona.
Históricamente, también debemos considerar el desarrollo de los títulos cristológicos en la iglesia primitiva. El uso de “Cristo” como algo más que un título, casi como parte del nombre de Jesús, parece haberse desarrollado rápidamente en las décadas posteriores a su resurrección (Boone, 2023).
Al final, aunque podemos señalar textos específicos, el reconocimiento de Jesús como el Cristo fue un poderoso despertar espiritual que transformó las vidas de sus seguidores y continúa transformando corazones hoy. No es simplemente una cuestión de cronología, sino de revelación divina y respuesta humana al amor abrumador de Dios manifestado en Jesús (Botner, 2019).

¿Por qué se llama a Jesús “el Cristo” o “el Mesías”?
Mis queridos hermanos y hermanas en la fe, los títulos “Cristo” y “Mesías” otorgados a nuestro Señor Jesús tienen un significado poderoso, arraigado en la gran narrativa del amor de Dios por la humanidad. Estos nombres proclaman a Jesús como el cumplimiento de las antiguas profecías y la encarnación de las promesas divinas.
En la tradición judía, el Mesías era esperado con ansias como una figura que traería liberación, restauración y el establecimiento del reino de Dios. Esta expectativa fue moldeada por profecías como la visión de Isaías de un siervo sufriente y un rey justo del linaje de David. Jesús, en su vida, muerte y resurrección, cumplió estas profecías de maneras que tanto cumplieron como trascendieron las expectativas tradicionales (Boone, 2023; Botner, 2019).
He notado cómo el ministerio de Jesús se alineó con las esperanzas mesiánicas de su tiempo. Proclamó el reino de Dios, realizó milagros que recordaban a profetas como Elías y habló con autoridad divina. Sin embargo, también redefinió las expectativas mesiánicas, enfatizando la liberación espiritual sobre la revolución política (Botner, 2019).
Psicológicamente, los títulos “Cristo” y “Mesías” hablan de nuestros anhelos humanos más profundos de redención, propósito e intervención divina en nuestro mundo quebrantado. Jesús, como el Cristo, encarna la respuesta de Dios a estas necesidades humanas universales.
La comunidad cristiana primitiva, iluminada por el Espíritu Santo, reconoció en Jesús al Mesías largamente esperado. Este reconocimiento no fue meramente intelectual, sino una experiencia transformadora que reformó su comprensión del plan de salvación de Dios (Boone, 2023).
En los Evangelios, vemos a Jesús revelando gradualmente su identidad mesiánica. A menudo usaba el título “Hijo del Hombre”, que tenía matices mesiánicos del libro de Daniel. En momentos cruciales, como la confesión de Pedro o su juicio ante el Sanedrín, Jesús afirmó su identidad como el Cristo (Botner, 2019).
Llamamos a Jesús “el Cristo” o “el Mesías” porque en él encontramos la plenitud del amor y el poder salvador de Dios. Estos títulos proclaman que en Jesús, Dios ha actuado decisivamente para reconciliar a la humanidad consigo mismo, para vencer los poderes del pecado y la muerte, e inaugurar una nueva creación (Boone, 2023).

¿Cómo obtuvo Jesús el nombre “Jesucristo”?
Mis queridos amigos en la fe, el nombre “Jesucristo” entrelaza maravillosamente los aspectos humanos y divinos de la identidad de nuestro Señor. Para entender cómo llegó a ser este nombre, debemos observar tanto sus componentes como su poderoso significado.
El nombre “Jesús” le fue dado a nuestro Señor al nacer, como se relata en los Evangelios. En el relato de Mateo, un ángel instruye a José: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Este nombre, Yeshua en hebreo, significa “Yahvé salva” o “Yahvé es salvación”. Era un nombre común en el judaísmo del primer siglo, que reflejaba la esperanza de la liberación de Dios (Boone, 2023; Botner, 2019).
“Cristo”, como hemos discutido, no es un nombre personal sino un título que significa “Ungido” o “Mesías”. No era parte del nombre de Jesús durante su vida terrenal, sino una declaración de su misión e identidad divina (Boone, 2023).
La combinación “Jesucristo” surgió en la comunidad cristiana primitiva como una poderosa proclamación de fe. Unió la identidad humana de Jesús con su papel divino como el Mesías. Vemos esta formulación frecuentemente en las cartas de Pablo y otros escritos del Nuevo Testamento (Botner, 2019).
Esta convención de nombres (un nombre personal seguido de un título o descriptor) no era infrecuente en el mundo antiguo. Pero en el caso de Jesús, adquirió un significado teológico único, encapsulando el misterio de la Encarnación: plenamente humano, plenamente divino (Boone, 2023).
Psicológicamente, el nombre “Jesucristo” sirve como un poderoso ancla cognitiva para los creyentes, evocando simultáneamente a la persona histórica de Jesús y su significado cósmico como el Mesías. Cierra la brecha entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe (Botner, 2019).
El uso de “Jesucristo” por parte de la iglesia primitiva refleja una comprensión más profunda de la identidad y misión de Jesús. Se convirtió en una abreviatura de las buenas nuevas de salvación, encapsulando la creencia de que en Jesús, Dios había cumplido sus promesas y actuado decisivamente para la redención humana (Boone, 2023).
Es importante destacar que este nombre no fue simplemente otorgado a Jesús por convención humana. Más bien, refleja el plan divino revelado progresivamente a través de la vida, muerte, resurrección de Jesús y las reflexiones guiadas por el Espíritu de la iglesia primitiva (Botner, 2019).
Al final, “Jesucristo” es más que un nombre: es una confesión de fe, una declaración de esperanza y una invitación a encontrar al Dios vivo que ha venido a nosotros en forma humana. Continúa dando forma a la identidad y misión de la iglesia, llamándonos a proclamar y encarnar las buenas nuevas del amor de Dios revelado en Cristo Jesús nuestro Señor.

¿Cuál es la diferencia entre “Jesús” y “Cristo”?
La distinción entre “Jesús” y “Cristo” es sutil pero poderosa, tocando el corazón mismo de nuestra fe y el misterio de la Encarnación. Exploremos esto con percepción espiritual y comprensión histórica.
“Jesús” es el nombre personal dado a nuestro Señor al nacer. Es la forma griega del nombre hebreo Yeshua, que significa “Yahvé salva”. Este nombre conecta a Jesús con su identidad humana, su contexto cultural y la persona histórica específica que caminó por los polvorientos caminos de Galilea. Nos recuerda la hermosa verdad de que Dios entró plenamente en nuestra condición humana, asumiendo la carne y habitando entre nosotros (Boone, 2023; Botner, 2019).
“Cristo”, por otro lado, no es un nombre sino un título. Proviene del griego “Christos”, que traduce el hebreo “Mashiach” o Mesías, que significa “Ungido”. Este título habla de la misión e identidad divina de Jesús como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Lo proclama como el elegido y facultado por Dios para traer la salvación y establecer el reino de Dios (Boone, 2023).
He notado que mientras “Jesús” ancla nuestra fe en una realidad histórica concreta, “Cristo” expande nuestra comprensión para abarcar el significado cósmico y eterno de su persona y obra. El uso creciente de “Cristo” por parte de la iglesia primitiva como casi un segundo nombre refleja su profunda reflexión teológica sobre la identidad de Jesús (Botner, 2019).
Psicológicamente, estos dos aspectos de la identidad de Jesús hablan de diferentes dimensiones de la necesidad y experiencia humana. “Jesús” nos recuerda la cercanía de Dios y su empatía con nuestra condición humana. “Cristo” apunta a nuestro anhelo de trascendencia, redención y significado último (Boone, 2023).
En el Nuevo Testamento, vemos una interacción dinámica entre estos aspectos. Los Evangelios usan principalmente “Jesús”, centrándose en su ministerio terrenal. Las cartas de Pablo usan frecuentemente “Cristo” o “Jesucristo”, enfatizando al Señor resucitado y exaltado (Botner, 2019).
Es importante destacar que estas no son identidades separadas, sino dos aspectos de la misma persona divino-humana. El Concilio de Calcedonia afirmó a Jesucristo como una persona con dos naturalezas: plenamente humana y plenamente divina. “Jesús” y “Cristo” juntos expresan este poderoso misterio (Boone, 2023).
En nuestra fe y práctica, ambos aspectos son cruciales. Nos relacionamos con Jesús como nuestro hermano y amigo que comprende nuestras luchas humanas. Adoramos a Cristo como nuestro Señor y Salvador que tiene el poder de redimirnos y transformarnos. Juntos, “Jesucristo” nos invita a una relación que es tanto íntimamente personal como cósmicamente importante (Botner, 2019).

¿Cómo se utilizó el título “Cristo” en el Antiguo Testamento?
Este concepto de unción tenía un significado profundo en la cultura israelita. Reyes, sacerdotes y a veces profetas eran ungidos con aceite como símbolo de la bendición y el nombramiento de Dios. La traducción griega de “Mesías” es “Christos”, de la cual derivamos “Cristo” (Clements, 1989, pp. 19–3). Por lo tanto, cuando hablamos de Jesucristo, esencialmente estamos diciendo “Jesús el Ungido”.
En el Antiguo Testamento, creció la expectativa de un Mesías futuro e ideal, uno que encarnaría los propósitos de Dios de una manera única y poderosa. Esta esperanza se desarrolló gradualmente, moldeada por las experiencias y revelaciones dadas al pueblo de Israel (Clements, 1989, pp. 19–3). Los profetas hablaron de un rey venidero del linaje de David que establecería el reino de justicia y paz de Dios.
Pero debemos recordar que el Antiguo Testamento no presenta un concepto único y unificado del Mesías. Más bien, ofrece un tapiz de esperanzas y expectativas que encontrarían su cumplimiento definitivo en Jesús (Clements, 1989, pp. 19–3). Algunos pasajes hablan de una figura real, otros de un siervo sufriente y otros más de un “Hijo del Hombre” celestial.
He notado cómo estas imágenes variadas hablaban de diferentes necesidades y anhelos humanos: de justicia, de sanación, de presencia divina. Veo cómo fueron interpretadas y reinterpretadas a la luz de las circunstancias cambiantes de Israel.
El Antiguo Testamento preparó el camino para Jesús cultivando un profundo anhelo por la intervención decisiva de Dios en la historia. Creó un lenguaje y un conjunto de expectativas que Jesús cumpliría y trascendería. Cuando llamamos a Jesús “el Cristo”, lo estamos situando dentro de esta rica tradición mientras lo reconocemos como su culminación (Clements, 1989, pp. 19–3).

¿Qué dijo Jesús acerca de ser llamado “el Cristo”?
Cuando examinamos los Evangelios, encontramos que Jesús abordó el título “Cristo” con una aceptación poderosa y un matiz cuidadoso. Sus palabras y acciones revelan una profunda conciencia de su identidad mesiánica, pero también un deseo de redefinir y expandir lo que significaba ser el Cristo.
En el momento crucial registrado en Mateo 16, cuando Pedro declara: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Jesús afirma esta confesión. Pero inmediatamente advierte a sus discípulos que no digan a nadie que él es el Cristo (Mateo 16:16-20). Esta respuesta paradójica revela la compleja relación de Jesús con el título (Mckenzie, 1960, pp. 183–206).
¿Por qué esta precaución? He notado que el término “Mesías” tenía fuertes matices políticos y nacionalistas en el judaísmo del primer siglo. Muchos esperaban que el Cristo fuera un líder militar que derrocaría el dominio romano. Jesús, en su sabiduría divina, buscó transformar esta comprensión.
Cuando Jesús acepta explícitamente el título “Cristo”, a menudo es en entornos privados o en respuesta a preguntas directas. A la mujer samaritana en el pozo, le afirma: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26). Ante el sumo sacerdote en su juicio, declara: “Yo soy” cuando se le pregunta si él es el Cristo (Marcos 14:61-62) (Mckenzie, 1960, pp. 183–206).
Noto cómo el enfoque de Jesús demuestra una poderosa comprensión de la naturaleza humana. Sabía que la gente necesitaba descubrir su verdadera identidad a través de la relación y la experiencia, no simplemente a través de un título que podía ser malinterpretado.
Jesús redefinió constantemente lo que significaba ser el Cristo. Habló de sufrimiento, servicio y sacrificio en lugar de poder mundano. “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas”, enseñó, vinculando su papel mesiánico con el siervo sufriente de Isaías (Marcos 8:31) (Mckenzie, 1960, pp. 183–206).
Jesús aceptó ser el Cristo mientras expandía y profundizaba su significado. Cumplió las esperanzas del Antiguo Testamento de maneras inesperadas, mostrando que el ungido de Dios no vino a conquistar por la fuerza, sino a transformar los corazones a través del amor y la entrega (Mckenzie, 1960, pp. 183–206).
Con sus palabras y hechos, Jesús invitó a sus seguidores, y nos invita hoy a nosotros, a una nueva comprensión de lo que significa para él ser el Cristo: aquel que salva no a través del poder político, sino a través del amor sacrificial.

¿Cómo utilizaron los primeros cristianos el nombre “Cristo”?
Los primeros cristianos adoptaron el título de “Cristo” con una reverencia poderosa y un poder transformador. En las décadas posteriores a la resurrección de Jesús, observamos un desarrollo notable en cómo se entendió y aplicó este título.
Inicialmente, los primeros creyentes usaban “Cristo” casi como un segundo nombre para Jesús, estrechamente vinculado a su identidad terrenal. Sin embargo, muy pronto, se convirtió en mucho más que eso. Se transformó en una confesión de fe, una declaración del papel único de Jesús en el plan de salvación de Dios (Reim, 1984, pp. 158–160).
El apóstol Pablo, en particular, desempeñó un papel crucial en la expansión del significado teológico de “Cristo”. En sus cartas, que constituyen los escritos cristianos más antiguos que poseemos, Pablo utiliza frecuentemente la frase “en Cristo” para describir la nueva realidad de la vida del creyente. Este poderoso concepto habla de una unión mística entre los fieles y su Señor (Reim, 1984, pp. 158–160).
He notado cómo el título “Cristo” se convirtió en una abreviatura de todo el mensaje del evangelio. Cuando los primeros cristianos hablaban de “predicar a Cristo”, se referían a proclamar las buenas nuevas de salvación a través de la vida, muerte y resurrección de Jesús (Reim, 1984, pp. 158–160).
El libro de los Hechos nos muestra cómo la iglesia primitiva usó “Cristo” en sus esfuerzos evangelísticos. Pedro, en su sermón de Pentecostés, declara: “Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis” (Hechos 2:36). Esta proclamación de Jesús como el Cristo se convirtió en el núcleo del mensaje cristiano (Adewumi et al., 2023).
Observo cómo este uso de “Cristo” proporcionó un poderoso sentido de identidad y propósito a los primeros creyentes. Los conectó con el cumplimiento de las esperanzas de Israel, al tiempo que los marcaba como una comunidad distinta con una misión universal.
Los primeros cristianos también comenzaron a usar “Cristo” en la adoración y la oración. La aclamación “Jesús es el Señor” se combinaba con la confesión “Jesús es el Cristo”. Estas se convirtieron en declaraciones fundamentales de fe, dando forma a la comprensión de la comunidad sobre Jesús y su relación con él (Adewumi et al., 2023).
La iglesia primitiva vio en Cristo la clave para interpretar toda la Escritura. Leían el Antiguo Testamento a través del lente del cumplimiento de Cristo, encontrando nuevas profundidades de significado en los textos antiguos (Å abuda, 2011, pp. 167–182).
Para los primeros cristianos, “Cristo” no era simplemente un título, sino el centro de su fe, esperanza y nueva vida en Dios. Expresaba su convicción de que en Jesús, Dios había actuado decisivamente para la salvación del mundo.

¿Qué enseñaron los Padres de la Iglesia sobre Jesús como “el Cristo”?
Los Padres de la Iglesia afirmaron constantemente que Jesús era el Mesías largamente esperado, profetizado en el Antiguo Testamento. Vieron en Cristo el cumplimiento de todas las promesas de Dios a Israel. Justino Mártir, escribiendo en el siglo II, argumentó extensamente que Jesús era el Cristo predicho por los profetas, utilizando textos del Antiguo Testamento para respaldar sus afirmaciones (Kryuchkov, 2022).
He notado cómo los Padres lucharon por explicar la doble naturaleza de Cristo: plenamente Dios y plenamente humano. El Concilio de Calcedonia en el año 451 d.C., basándose en el pensamiento patrístico, afirmó que en Cristo, las naturalezas divina y humana estaban unidas en una sola persona (Onazi & Wyk, 2022). Esta comprensión de Jesús como el Cristo se convirtió en fundamental para la ortodoxia cristiana.
The Fathers also emphasized Christ’s role in creation and redemption. Irenaeus, for instance, taught that Christ recapitulated all of human history, undoing Adam’s fall and restoring humanity to right relación del individuo con Dios (Kryuchkov, 2022). This cosmic vision of Christ’s work expanded the meaning of his messianic role far beyond political or nationalistic expectations.
Observo cómo las enseñanzas de los Padres sobre Cristo abordaron las profundas necesidades humanas de reconciliación, significado y transformación. Presentaron a Cristo no solo como una figura histórica, sino como el Señor vivo que continúa obrando en la vida de los creyentes.
Muchos Padres de la Iglesia, como Orígenes y Agustín, desarrollaron interpretaciones alegóricas de la Escritura que veían a Cristo prefigurado a lo largo del Antiguo Testamento. Esta lectura cristológica de la Biblia se convirtió en un enfoque dominante en la exégesis patrística (Nesterova, 2024).
Los Padres también reflexionaron profundamente sobre las implicaciones de los títulos de Cristo. Exploraron lo que significaba para Jesús ser no solo el Cristo, sino también el Logos (Verbo), el Hijo de Dios y la Segunda Persona de la Trinidad. Estas reflexiones condujeron a una rica cristología que sigue informando nuestra fe hoy en día (Onazi & Wyk, 2022).
Los Padres de la Iglesia enseñaron que Jesús como el Cristo era la clave para comprender la naturaleza de Dios, el propósito de la humanidad y el significado de toda la creación. Vieron en Cristo la revelación perfecta de Dios y la representación perfecta de la humanidad redimida.

¿Por qué es importante para los cristianos de hoy entender a Jesús como “el Cristo”?
Entender a Jesús como “el Cristo” sigue siendo profundamente importante para los cristianos de hoy, tocando cada aspecto de nuestra fe y vida. Este título antiguo, rico en significado, continúa dando forma a nuestra relación con Dios y nuestra misión en el mundo.
Reconocer a Jesús como el Cristo afirma que él es el cumplimiento de las promesas de Dios. Conecta nuestra fe con la gran narrativa de las Escrituras, desde la creación hasta la nueva creación. En Cristo, vemos la fidelidad de Dios y la continuidad de Su obra salvadora a lo largo de la historia (Patricia & Baholy, 2023). Esto nos da un sentido de arraigo y propósito en un mundo que a menudo parece caótico y sin sentido.
He notado cómo esta comprensión de Jesús como el Cristo aborda nuestras necesidades humanas más profundas. Nos ofrece un modelo perfecto de lo que significa ser verdaderamente humano: vivir en amorosa obediencia a Dios y en servicio desinteresado a los demás. El ejemplo de kenosis de Cristo, o amor de autovaciamiento, nos desafía e inspira a crecer en nuestra propia capacidad de amar y sacrificarnos (Patricia & Baholy, 2023).
Afirmar a Jesús como el Cristo nos recuerda su autoridad y señorío sobre todos los aspectos de la vida. Nos llama a someter cada área de nuestra existencia a su reinado, buscando alinear nuestros pensamientos, acciones y sociedades con sus enseñanzas y valores (Mbachi, 2021). Esta visión integral del señorío de Cristo da coherencia y dirección a nuestras vidas.
Observo cómo el título “Cristo” siempre ha tenido implicaciones para la misión de la iglesia. Así como Jesús fue ungido para su obra redentora, nosotros, como sus seguidores, somos ungidos y facultados para continuar su misión en el mundo. Entender a Jesús como el Cristo nos impulsa hacia afuera en servicio y testimonio (Mbachi, 2021).
En nuestro mundo pluralista, la afirmación de Jesús como el Cristo también habla de la singularidad y universalidad de su obra salvadora. Nos desafía a articular de manera reflexiva y amorosa por qué creemos que Jesús es el único camino, la verdad y la vida, mientras respetamos la dignidad de aquellos que creen de manera diferente (Mbachi, 2021).
Finalmente, ver a Jesús como el Cristo nos recuerda que nuestra fe no es solo un asentimiento intelectual a doctrinas, sino una relación viva con una persona. El Cristo no es una figura distante del pasado, sino el Señor resucitado que continúa guiando, fortaleciendo y transformando a su pueblo a través del Espíritu Santo (Patricia & Baholy, 2023).
Entender a Jesús como “el Cristo” hoy nos fundamenta en la fidelidad de Dios, forma nuestra identidad, dirige nuestra misión y nos atrae a una comunión cada vez más profunda con el Dios vivo. Es el corazón de nuestra fe y la fuente de nuestra esperanza.
