Estudio de la Biblia: ¿Cuál es la voluntad de Dios?




  • Entendiendo la Voluntad de Dios: El texto explora el significado de la voluntad de Dios, tanto Su plan soberano para todas las cosas como Su guía moral para el comportamiento humano. Profundiza en cómo los cristianos pueden discernir esta voluntad a través de la oración, las Escrituras, el consejo sabio y el reconocimiento de la obra de Dios en sus vidas.
  • Respuesta de la humanidad: El texto examina la interacción del libre albedrío humano y la soberanía de Dios, destacando tanto nuestra responsabilidad de tomar decisiones alineadas con la voluntad moral de Dios como la comodidad de saber que el plan de Dios finalmente prevalece. Ejemplos de figuras bíblicas que siguieron o se resistieron a la voluntad de Dios se proporcionan para la reflexión.
  • Las Enseñanzas de Jesús: El texto enfatiza que la vida y las enseñanzas de Jesús son primordiales para comprender la voluntad de Dios. Seguir la voluntad de Dios se presenta como un acto de amor y obediencia, que requiere una transformación interna y se expresa a través del servicio desinteresado a los demás.
  • Dificultad de navegación: El texto reconoce que la voluntad de Dios a veces puede parecer dolorosa o difícil de entender. Alienta a los cristianos a responder con honestidad sobre sus sentimientos, confiar en el plan mayor de Dios, buscar el apoyo de su comunidad de fe y encontrar fortaleza en las Escrituras y el ejemplo de Cristo.

¿Qué significa «la voluntad de Dios» en la Biblia?

En la Biblia, «la voluntad de Dios» se refiere principalmente al propósito y plan soberanos de Dios para la creación, la humanidad y las vidas individuales. Abarca Sus deseos, intenciones y mandamientos para Su pueblo. Vemos este concepto desarrollarse desde Génesis hasta Apocalipsis, revelando a un Dios que está activamente involucrado en los asuntos humanos y que tiene un diseño específico para Su creación.

En el Antiguo Testamento, encontramos la palabra hebrea «ratson», a menudo traducida como «voluntad» o «placer», que transmite el favor y el propósito de Dios. Los Salmos a menudo hablan de hacer la voluntad de Dios como un camino hacia la justicia y la bendición. Por ejemplo, el Salmo 40:8 declara: «Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío; Tu ley está en mi corazón».

El Nuevo Testamento desarrolla aún más este concepto, utilizando la palabra griega «thelema» para expresar la voluntad de Dios. Jesús mismo ejemplifica la perfecta sumisión a la voluntad del Padre, muy conmovedoramente en su oración en Getsemaní: «No se haga mi voluntad tuya» (Lucas 22:42).

Me gustaría observar que comprender la voluntad de Dios proporciona un sentido de propósito y dirección para los creyentes. Ofrece un marco para la toma de decisiones y una fuente de comodidad en tiempos de incertidumbre. El concepto de alinear la vida con la voluntad de Dios puede ser un poderoso motivador para el crecimiento personal y el comportamiento ético.

Históricamente, vemos que la interpretación de la voluntad de Dios ha dado forma no solo a vidas individuales sino a sociedades enteras. Desde el éxodo de los israelitas hasta la propagación de los primeros, la creencia en un propósito divino ha sido una fuerza impulsora en la historia humana.

En nuestro contexto moderno, el concepto de la voluntad de Dios nos desafía a mirar más allá de nuestros deseos inmediatos y a considerar nuestro lugar en una narrativa divina más amplia. Nos invita a discernir entre nuestras propias inclinaciones y la guía de Dios, un proceso que requiere tanto sensibilidad espiritual como sabiduría práctica.

Recordemos que la voluntad de Dios no es simplemente un conjunto de normas que deben seguirse como invitación a participar en su obra continua de creación y redención. Es un llamado a amar como Él ama, a buscar la justicia como Él lo hace, y a traer Su reino a la tierra.

¿Cómo pueden discernir los cristianos la voluntad de Dios para sus vidas?

La cuestión de discernir la voluntad de Dios para nuestras vidas ha ocupado los corazones y las mentes de los creyentes a lo largo de los siglos. Es un viaje de fe, que requiere tanto perspicacia espiritual como sabiduría práctica.

Debemos reconocer que el discernimiento no es un acontecimiento único, un proceso continuo de escuchar la voz de Dios y alinear nuestras vidas con sus propósitos. Requiere una relación profunda y personal con Dios, alimentada a través de la oración, la meditación en las Escrituras y la participación en la vida de la Iglesia.

La Biblia misma nos proporciona principios clave para el discernimiento. In Romans 12:2, St. Paul exhorts us to “be transformed by the renewing of your mind. Entonces podrás probar y aprobar cuál es la voluntad de Dios: su voluntad buena, agradable y perfecta». Esta transformación implica una reorientación continua de nuestros pensamientos y deseos hacia los caminos de Dios.

I would emphasize the importance of self-awareness in this process. Understanding our own motivations, fears, and biases is crucial in distinguishing between God’s will and our own desires. El autoexamen y la reflexión regulares, tal vez guiados por la dirección espiritual, pueden ser herramientas invaluables en este sentido.

Históricamente, la Iglesia ha desarrollado varias prácticas para ayudar en el discernimiento. El método ignaciano de discernimiento, por ejemplo, anima a los creyentes a prestar atención a los movimientos de consuelo y desolación en sus espíritus mientras consideran diferentes opciones.

En nuestro contexto moderno, el discernimiento a menudo implica navegar por dilemas éticos complejos y opciones de vida. Aquí, no solo debemos confiar en la revelación personal, sino también en la sabiduría de la comunidad cristiana, las enseñanzas y la guía de los más maduros en la fe.

Los pasos prácticos en el discernimiento pueden incluir:

  1. Sumergirse en las Escrituras para comprender la voluntad general de Dios revelada en su Palabra
  2. Buscando sabios consejos de creyentes maduros y líderes espirituales
  3. Prestando atención a las circunstancias y oportunidades que Dios pone ante nosotros
  4. Escuchar los impulsos internos del Espíritu Santo
  5. Usar nuestra razón y habilidades dadas por Dios para evaluar las opciones

Recordemos que la voluntad de Dios no es un misterio a resolver, una relación a vivir. A menudo, se desarrolla gradualmente a medida que caminamos en fe, tomando decisiones basadas en la luz que tenemos en cada momento.

Debemos abordar el discernimiento con humildad, reconociendo que no siempre podemos interpretar perfectamente la voluntad de Dios. Sin embargo, podemos confiar en Su gracia para guiarnos y en Su poder para obrar incluso a través de nuestras elecciones imperfectas.

¿Está siempre clara la voluntad de Dios, o a veces puede ser misteriosa?

En las Escrituras encontramos casos en los que la voluntad de Dios es inequívocamente clara. Los Diez Mandamientos, por ejemplo, proporcionan una guía moral explícita. Las enseñanzas de Jesús en los Evangelios a menudo ofrecen instrucciones directas para una vida justa. Sin embargo, también nos encontramos con narrativas en las que los propósitos de Dios se desarrollan de maneras que no son inmediatamente evidentes para la comprensión humana. La historia de José en Génesis ilustra cómo la voluntad de Dios puede obrar a través de circunstancias aparentemente adversas hacia un bien mayor que solo se revela a tiempo.

Me gustaría observar que esta interacción de claridad y misterio en el discernimiento de la voluntad de Dios refleja la complejidad de la cognición humana y la toma de decisiones. Naturalmente buscamos la certeza, sin embargo, el crecimiento a menudo viene a través de la ambigüedad de navegación. La tensión entre los aspectos conocidos y desconocidos de la voluntad de Dios puede ser un catalizador para el desarrollo espiritual y psicológico.

Históricamente, vemos que la Iglesia ha lidiado con esta dualidad. El desarrollo de la teología moral y la casuística demuestra los intentos de aclarar la voluntad de Dios en situaciones específicas. Sin embargo, los místicos y contemplativos siempre nos han recordado los aspectos inefables de la guía divina, advirtiendo contra la simplificación excesiva.

En nuestro contexto moderno, la cuestión de la voluntad de Dios, clara o misteriosa, adquiere nuevas dimensiones. En un mundo de sobrecarga de información y sistemas de valores competitivos, discernir la voz de Dios puede ser un reto. Sin embargo, este mismo desafío nos invita a una confianza más profunda en la fe y el discernimiento espiritual.

La voluntad de Dios puede ser misteriosa de diferentes maneras:

  1. En su momento, los propósitos de Dios a menudo se desarrollan a lo largo de períodos que superan con creces nuestra limitada perspectiva
  2. En sus métodos: Dios puede obrar a través de medios o personas inesperados
  3. En su plenitud, podemos comprender aspectos de la voluntad de Dios, aunque el cuadro completo permanece oculto.

Recordemos que la naturaleza misteriosa de la voluntad de Dios no es un defecto característico de nuestra relación con un Dios infinito. Nos llama a confiar, a perseverar en la fe y a permanecer abiertos a la revelación continua.

Este misterio no debe paralizarnos, sino inspirarnos a buscar a Dios más seriamente. Como San Agustín expresó bellamente: «Ama a Dios y haz lo que quieras». Cuando nuestros corazones están alineados con el amor de Dios, podemos confiar en Su guía incluso cuando el camino no está completamente claro.

Al afrontar los aspectos misteriosos de la voluntad de Dios, cultivemos la paciencia, la humildad y una profunda confianza en la sabiduría y el amor de Dios. Porque al abrazar tanto los aspectos claros como los misteriosos de la guía divina, entramos más plenamente en la aventura de la fe a la que estamos llamados.

¿Cuál es la diferencia entre la voluntad soberana de Dios y su voluntad moral?

La voluntad soberana de Dios, también conocida como su voluntad decretiva o secreta, se refiere a su control supremo sobre todos los acontecimientos del universo. Abarca todo lo que sucede, desde los grandes movimientos de la historia hasta los detalles más minúsculos de nuestras vidas. Como dice el profeta Isaías: «Yo soy Dios, y no hay otro; Yo soy Dios, y no hay nadie como yo. Doy a conocer el fin desde el principio, desde la antigüedad, lo que está por venir. Digo: «Mi propósito se mantendrá, y haré todo lo que me plazca» (Isaías 46:9-10).

Por otra parte, la voluntad moral de Dios, a menudo llamada su voluntad preceptiva o revelada, se refiere a sus mandamientos y deseos sobre cómo deben comportarse sus criaturas. Esto se expresa en Su ley moral, como se encuentra en los Diez Mandamientos, las enseñanzas de Jesús y en todas las Escrituras. Representa el estándar perfecto de justicia de Dios y su deseo de conducta humana.

Me gustaría observar que esta distinción tiene implicaciones importantes para la comprensión y el comportamiento humano. La voluntad soberana de Dios proporciona una sensación de seguridad y propósito últimos, sabiendo que nada ocurre fuera del control de Dios. Pero es su voluntad moral la que proporciona el marco para nuestras decisiones y acciones éticas.

Históricamente, esta distinción ha sido un tema de debate teológico, particularmente en discusiones de predestinación y libre albedrío. Los reformadores, como Calvino y Lutero, hicieron hincapié en la soberanía de Dios, mientras que otros han subrayado la responsabilidad humana de responder a los mandamientos morales de Dios.

En nuestro contexto moderno, comprender esta distinción puede ayudarnos a sortear la tensión entre confiar en el plan general de Dios y asumir la responsabilidad de nuestras elecciones. Nos recuerda que, aunque no siempre entendamos los propósitos soberanos de Dios, siempre estamos llamados a obedecer su voluntad moral.

Las principales diferencias entre la soberanía y la moral de Dios incluirán:

  1. Ámbito de aplicación: Soberana abarcará todos los eventos; La voluntad moral se centra en el comportamiento humano
  2. Revelación: La voluntad soberana a menudo se oculta; La voluntad moral se revela claramente en las Escrituras
  3. Respuesta humana: Nos sometemos a la voluntad soberana; Obedecemos la voluntad moral
  4. Resultado: La voluntad soberana siempre se cumple; La voluntad moral puede ser violada por la desobediencia humana

Recordemos que estos dos aspectos de la voluntad de Dios no están en conflicto en armonía. La voluntad soberana de Dios a menudo obra a través de nuestra obediencia o desobediencia a su voluntad moral de lograr sus propósitos.

¿Cómo se relaciona el libre albedrío con la voluntad de Dios?

La relación entre el libre albedrío humano y la voluntad de Dios toca uno de los misterios más poderosos de nuestra fe. Nos invita a contemplar el delicado equilibrio entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, una tensión que ha involucrado a teólogos, filósofos y creyentes a lo largo de los siglos.

En esencia, el libre albedrío se refiere a la capacidad de los seres humanos para tomar decisiones por su propia voluntad, sin coerción externa. Este concepto es fundamental para nuestra comprensión de la responsabilidad moral y está profundamente arraigado en la narrativa bíblica. Desde la elección de Adán y Eva en el Huerto del Edén hasta la exhortación de Josué a «elegir este día a quién servirás» (Josué 24:15), las Escrituras afirman el albedrío humano en las decisiones morales y espirituales.

Sin embargo, debemos mantener esto en tensión con la realidad de la voluntad soberana de Dios, que, como hemos discutido, abarca todos los eventos en la creación. El apóstol Pablo lucha con esta paradoja en Romanos 9-11, afirmando tanto la elección de Dios como la responsabilidad humana.

Observo que esta interacción entre el libre albedrío y la voluntad de Dios refleja la complejidad de la toma de decisiones y la motivación humanas. Nuestras elecciones están influenciadas por numerosos factores —nuestra educación, experiencias, creencias y circunstancias—, pero las experimentamos libremente. Este sentido subjetivo de libertad coexiste con la realidad del propósito general de Dios.

Históricamente, diferentes tradiciones teológicas han enfatizado varios aspectos de esta relación. Las tradiciones agustina y reformada han puesto de relieve la soberanía de Dios, mientras que otras, como la tradición arminiana, han hecho mayor hincapié en el libre albedrío humano. La tradición católica ha tratado de mantener un equilibrio, afirmando tanto la gracia divina como la libertad humana.

En nuestro contexto moderno, la cuestión del libre albedrío adquiere nuevas dimensiones a la luz de la comprensión científica del comportamiento humano y la neurobiología. Sin embargo, incluso a medida que obtenemos información sobre la base física de la toma de decisiones, el misterio de la libertad humana en relación con la voluntad de Dios permanece.

Es importante reconocer varios puntos clave en esta relación:

  1. La soberanía de Dios no niega la libertad humana, sino que crea el contexto en el que puede existir la verdadera libertad.
  2. Nuestro libre albedrío es limitado: no podemos optar por hacer nada fuera de la voluntad soberana de Dios.
  3. El conocimiento previo de Dios de nuestras elecciones no determina esas elecciones.
  4. Nuestro libre albedrío está empañado por el pecado, lo que requiere la gracia de Dios para su restauración.

Recordemos que el libre albedrío no es una autonomía absoluta, un don que nos permite responder libremente al amor de Dios y participar en sus propósitos. Es a través de nuestras elecciones libres que podemos amar auténticamente a Dios y a nuestro prójimo, cumpliendo los mandamientos más grandes.

Esta comprensión del libre albedrío en relación con la voluntad de Dios debe inspirar en nosotros un profundo sentido de la responsabilidad. Cada elección que hacemos tiene importancia, no solo para nuestras propias vidas, sino también para el desarrollo del plan de Dios para el mundo.

¿Qué enseñó Jesús acerca de seguir la voluntad de Dios?

Las enseñanzas de Jesús sobre el seguimiento de la voluntad de Dios ocupan un lugar central en su mensaje y misión. A lo largo de los Evangelios, vemos a Cristo enfatizando constantemente la importancia de alinear nuestras vidas con el plan divino del Padre.

Jesús enseñó que seguir la voluntad de Dios es un acto de amor y obediencia. En el Evangelio de Juan, nos dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). Esta simple afirmación revela una verdad poderosa: que nuestra obediencia a la voluntad de Dios no se trata simplemente de seguir las reglas sobre expresar nuestro amor por Él.

Jesús también enseñó que la voluntad de Dios debe prevalecer sobre nuestros propios deseos. En el Huerto de Getsemaní, ante su inminente crucifixión, Jesús oró: «Padre, si quieres, quítame esta copa; pero no se haga mi voluntad tuya» (Lucas 22:42). Este momento conmovedor ilustra la naturaleza a veces difícil de someter a la voluntad de Dios también la paz última que proviene de tal rendición.

Cristo hizo hincapié en que seguir la voluntad de Dios no se trata de apariencias externas o rituales sobre la transformación interior. Criticó a los fariseos, diciendo: «Estas personas me honran con sus labios, sus corazones están lejos de mí» (Mateo 15:8). En cambio, Jesús enseñó que la verdadera obediencia a la voluntad de Dios proviene de un corazón transformado.

Veo en las enseñanzas de Jesús una poderosa comprensión de la naturaleza humana. Reconoció nuestra tendencia a buscar nuestro propio camino, a resistir la autoridad y a enfocarnos en comportamientos externos en lugar de motivaciones internas. Sus enseñanzas sobre la voluntad de Dios abordan estas tendencias humanas, llamándonos a un propósito superior y a una forma de vida más integrada.

Históricamente, vemos que las enseñanzas de Jesús sobre la voluntad de Dios fueron revolucionarias en su tiempo. En una cultura a menudo centrada en la estricta adhesión a las leyes religiosas, Jesús enfatizó el espíritu de la ley y la importancia del amor y la misericordia. Enseñó que la voluntad de Dios no es una carga que deba llevarse por un camino hacia la libertad y la realización.

Jesús también enseñó que seguir la voluntad de Dios está íntimamente relacionado con el servicio a los demás. Dijo: «Porque he descendido del cielo no para hacer mi voluntad, sino para hacer la voluntad del que me envió» (Juan 6, 38), y su vida fue un ejemplo constante de servicio desinteresado.

Jesús enseñó que seguir la voluntad de Dios es un acto de amor, requiere la entrega de nuestros propios deseos, implica una transformación interior, conduce a la verdadera libertad y se expresa a través del servicio a los demás. Que nosotros, como Cristo, busquemos siempre alinear nuestras vidas con la voluntad del Padre, encontrando en esta alineación nuestro verdadero propósito y paz.

¿Hay ejemplos en la Biblia de personas que siguen o se resisten a la voluntad de Dios?

La Biblia es rica en ejemplos de personas que siguen y se resisten a la voluntad de Dios. Estas historias sirven no solo como relatos históricos como espejos en los que podemos ver reflejadas nuestras propias luchas y triunfos.

Consideremos primero a aquellos que siguieron la voluntad de Dios, a menudo a un gran costo personal. Abraham, nuestro padre en la fe, ejemplifica la obediencia a la voluntad de Dios. Cuando fue llamado a abandonar su tierra natal para ir a un destino desconocido, «Abraham fue, como el Señor le había dicho» (Génesis 12:1-4). Más tarde, cuando se le pidió que sacrificara a su hijo Isaac, Abraham obedeció de nuevo, demostrando su confianza última en el plan de Dios.

Moisés, a pesar de su renuencia inicial, siguió en última instancia la voluntad de Dios de sacar a los israelitas de Egipto. Su viaje de un pastor tartamudo al libertador de una nación muestra cómo Dios puede obrar a través de nuestras debilidades cuando nos sometemos a Su voluntad.

En el Nuevo Testamento, el fiat de María —su «sí» a convertirse en la madre de Jesús— es un poderoso ejemplo de alinearse con la voluntad de Dios. Sus palabras: «Soy la sierva del Señor. Que tu palabra para conmigo se cumpla» (Lucas 1:38), resuena a través de la historia como un modelo de obediencia fiel.

Pero la Biblia también retrata honestamente a aquellos que se resistieron a la voluntad de Dios. Jonás, llamado a predicar a Nínive, inicialmente huyó en la dirección opuesta. Su historia nos recuerda que a veces nos resistimos a la voluntad de Dios por miedo o prejuicio, pero Dios trabaja pacientemente para llevarnos de vuelta a su camino.

El rey Saúl, elegido por Dios para dirigir a Israel, desobedeció repetidamente los mandamientos de Dios, lo que llevó a su caída. Su trágica historia sirve de advertencia sobre las consecuencias de la resistencia persistente a la voluntad de Dios.

Incluso Pedro, uno de los discípulos más cercanos de Jesús, se resistió momentáneamente a la voluntad de Dios cuando negó a Cristo tres veces. Sin embargo, este fracaso se convirtió en un punto de inflexión, lo que llevó a un compromiso más profundo con el plan de Dios para su vida.

Veo en estos relatos bíblicos una poderosa comprensión de la naturaleza humana. Revelan nuestra capacidad tanto para la gran fe como para la duda debilitante, nuestro potencial para la obediencia desinteresada y la rebelión egoísta. Estas historias nos consuelan en nuestras luchas y nos inspiran en nuestras aspiraciones de seguir la voluntad de Dios.

Históricamente, estos ejemplos han servido como poderosas herramientas de enseñanza dentro de la tradición judeocristiana. Han moldeado nuestra comprensión de la fe, la obediencia y la relación humana con lo divino.

Estos relatos revelan que seguir la voluntad de Dios no siempre es fácil ni inmediatamente gratificante. Muchos de los que obedecieron a Dios se enfrentaron a grandes desafíos: piensen en la persecución de Jeremías o en los encarcelamientos de Pablo. Sin embargo, la Biblia muestra sistemáticamente que alinearse con la voluntad de Dios conduce en última instancia a la realización y el propósito, incluso si el camino es difícil.

¿Cómo pueden los cristianos alinear sus deseos con la voluntad de Dios?

Alinear nuestros deseos con la voluntad de Dios es un camino de crecimiento y transformación espiritual para toda la vida. No es un solo acto un proceso continuo de abrir nuestros corazones al amor de Dios y permitir que su Espíritu forme nuestros anhelos más íntimos.

Debemos reconocer que esta alineación no es algo que podamos lograr a través de la pura fuerza de voluntad. Es, fundamentalmente, una obra de gracia. Como nos recuerda san Pablo, «es Dios quien obra en vosotros para querer y obrar con el fin de cumplir su buen propósito» (Filipenses 2:13). Por lo tanto, nuestra tarea principal es abrirnos a la presencia transformadora de Dios en nuestras vidas.

La oración es esencial en este proceso. A través de una comunicación regular y sincera con Dios, comenzamos a sintonizar nuestros corazones con los Suyos. Jesús mismo nos enseñó a orar: «Venga tu reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo» (Mateo 6:10). Al orar sinceramente estas palabras, invitamos a Dios a remodelar nuestros deseos de acuerdo a Su perfecta voluntad.

Sumergirnos en las Escrituras es otro paso crucial. El salmista declara: «Quiero hacer tu voluntad, Dios mío; Tu ley está en mi corazón» (Salmo 40:8). Al meditar en la Palabra de Dios, permitimos que su verdad penetre en nuestros corazones, alineando gradualmente nuestros pensamientos y deseos con los suyos.

Entiendo que nuestros deseos están profundamente influenciados por nuestras creencias, experiencias y la compañía que mantenemos. Por lo tanto, es importante cultivar una cosmovisión cristiana, buscar experiencias que nos acerquen a Dios y rodearnos de una comunidad de creyentes que nos animen en nuestra fe.

Practicar el discernimiento también es clave. Esto implica examinar en oración nuestras motivaciones y las posibles consecuencias de nuestras elecciones. San Ignacio de Loyola enseñó que cuando nuestros deseos se alinean con la voluntad de Dios, experimentamos una sensación de paz y consuelo. Aprender a reconocer estos movimientos interiores puede guiarnos hacia la voluntad de Dios.

Históricamente, la tradición cristiana ha enfatizado la importancia del autoexamen y la confesión. Estas prácticas nos ayudan a identificar deseos que no están alineados con la voluntad de Dios y a buscar su perdón y gracia transformadora.

Es importante recordar que alinear nuestros deseos con la voluntad de Dios no se trata de suprimir nuestra individualidad o negar nuestras emociones. Más bien, se trata de encontrarnos a nosotros mismos en Dios. Como decía San Agustín: «Nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en Ti».

A veces, alinear nuestros deseos con la voluntad de Dios implica abrazar el sufrimiento o el sacrificio. Jesús mismo luchó con esto en Getsemaní. Sin embargo, nos mostró que, a través de la confianza y la rendición, podemos encontrar la paz incluso cuando la voluntad de Dios parece difícil.

Recuerde que esta alineación es un proceso gradual. Tened paciencia con vosotros mismos. Celebra las pequeñas victorias cuando encuentres que tus deseos se alinean más estrechamente con la voluntad de Dios. Y cuando titubees, recuerda la infinita misericordia de Dios y comienza de nuevo.

Alinear nuestros deseos con la voluntad de Dios implica abrirnos a la gracia, participar en la oración y el estudio de las Escrituras, cultivar una cosmovisión y una comunidad cristianas, practicar el discernimiento, el autoexamen y abrazar el camino de la transformación. Que todos, con la ayuda de Dios, nos acerquemos cada vez más a desear lo que Dios desea, encontrando en su voluntad nuestra alegría y satisfacción más profundas.

¿Qué enseñaron los primeros Padres de la Iglesia sobre la comprensión de la voluntad de Dios?

Los Padres subrayaron que comprender la voluntad de Dios está íntimamente relacionado con conocer a Dios mismo. San Agustín, en sus Confesiones, escribió: «Tú nos has hecho para ti, oh Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti». Esta poderosa idea nos recuerda que buscar la voluntad de Dios no se trata de descubrir un conjunto de reglas para entablar una relación más profunda con nuestro Creador.

Los Padres también enseñaron que la Escritura es el medio principal por el cual llegamos a entender la voluntad de Dios. San Jerónimo declaró: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo». Alentaron a los creyentes a sumergirse en la Palabra de Dios, viéndola como una revelación viva del carácter y los propósitos de Dios.

Muchos de los Padres, incluido San Juan Crisóstomo, hicieron hincapié en el papel de la Iglesia para ayudarnos a comprender la voluntad de Dios. Vieron a la Iglesia como el cuerpo de Cristo, guiado por el Espíritu Santo, y por lo tanto una fuente crucial de sabiduría y discernimiento.

Me parece fascinante que los Padres reconocieran la compleja interacción entre la voluntad humana y la voluntad divina. San Juan Casiano, por ejemplo, escribió extensamente sobre la necesidad de sinergia entre el esfuerzo humano y la gracia divina en la vida espiritual.

Los Padres también enseñaron que comprender la voluntad de Dios a menudo requiere paciencia y perseverancia. San Gregorio de Nisa describió la vida espiritual como un ascenso continuo, sugiriendo que nuestra comprensión de la voluntad de Dios se profundiza con el tiempo a medida que crecemos en fe y virtud.

Históricamente, vemos que las enseñanzas de los Padres sobre la voluntad de Dios fueron moldeadas por los desafíos de su tiempo. Ante la persecución, hicieron hincapié en la voluntad soberana de Dios y en el llamado a la fidelidad incluso en el sufrimiento. A medida que la Iglesia crecía y se enfrentaba a disputas internas, subrayaron la importancia de la unidad y la obediencia a la voluntad de Dios revelada a través de la Iglesia.

Los Padres también reconocieron que la voluntad de Dios se revela a menudo a través de las circunstancias de nuestras vidas. San Basilio Magno animó a los creyentes a ver cada situación como una oportunidad para discernir y seguir la voluntad de Dios.

Muchos de los Padres, incluido San Atanasio, enseñaron que la revelación última de la voluntad de Dios se encuentra en la persona de Jesucristo. Al estudiar la vida y las enseñanzas de Cristo, argumentaron, llegamos a comprender el corazón de la voluntad de Dios para la humanidad.

Los Padres no fueron ingenuos acerca de las dificultades de discernir la voluntad de Dios. San Gregorio Magno escribió sobre la «noche oscura del alma», reconociendo que hay momentos en que la voluntad de Dios parece oscura o desafiante.

Sin embargo, siempre han enseñado que tratar de comprender y seguir la voluntad de Dios es el camino hacia la verdadera libertad y realización. Como bien expresó San Ireneo, «la gloria de Dios es un ser humano plenamente vivo».

Las enseñanzas de los Padres de la Iglesia sobre la comprensión de Dios nos ofrecerán un rico patrimonio. Nos recuerdan que este entendimiento viene a través de conocer a Dios, estudiar las Escrituras, participar en la vida del paciente perseverante en la fe y seguir el ejemplo de Cristo. Que nosotros, como estos grandes santos que nos han precedido, busquemos continuamente comprender y alinearnos con la voluntad perfecta de Dios.

¿Cómo deben responder los cristianos cuando la voluntad de Dios parece difícil o dolorosa?

Hay momentos en nuestro camino de fe en los que la voluntad de Dios puede parecer difícil o incluso dolorosa. En estos momentos, estamos llamados a una confianza más profunda y a una rendición más poderosa. Exploremos cómo podemos responder a tales desafíos con fe, esperanza y amor.

Debemos reconocer nuestros sentimientos. No es pecado encontrar difícil la voluntad de Dios o experimentar dolor al seguirla. Incluso nuestro Señor Jesús, en el Huerto de Getsemaní, expresó su angustia, diciendo: «Padre mío, si es posible, que esta copa me sea quitada» (Mateo 26:39). Sin embargo, inmediatamente siguió con: «Sin embargo, no tanto como yo quiero como tú». Esto nos enseña que podemos ser honestos con Dios acerca de nuestras luchas sin dejar de optar por someternos a su voluntad.

Entiendo que la supresión de nuestras emociones puede conducir a la angustia espiritual y psicológica. En cambio, debemos llevar nuestros temores, dudas y dolor a Dios en oración. Los Salmos proporcionan hermosos ejemplos de tal comunicación honesta con Dios.

Debemos recordar que la perspectiva de Dios es infinitamente más amplia que la nuestra. Como nos recuerda el profeta Isaías: «Porque mis pensamientos no son tus pensamientos, ni tus caminos son mis caminos», declara el Señor (Isaías 55:8). Lo que nos parece difícil o doloroso puede ser parte de un plan mayor que aún no podemos ver.

Históricamente, encontramos numerosos ejemplos de Dios trabajando a través de circunstancias desafiantes para lograr el bien. Piensen en José, vendido como esclavo por sus hermanos, que más tarde dijeron: «Ustedes tenían la intención de hacerme daño, Dios lo quiso para bien, para lograr lo que ahora se está haciendo, salvar muchas vidas» (Génesis 50:20).

Cuando se enfrenta a un aspecto difícil de la voluntad de Dios, puede ser útil buscar la sabiduría de creyentes maduros y directores espirituales. La comunidad cristiana está destinada a ser una fuente de apoyo y orientación en esos tiempos. Como nos dice Proverbios, «los planes fracasan por falta de asesoramiento con muchos asesores, tienen éxito» (Proverbios 15:22).

También debemos sacar fuerza de las promesas de la Escritura. San Pablo nos asegura que «Dios obra en todo por el bien de los que lo aman» (Romanos 8:28). Esto no significa que todo sea fácil, sino que Dios puede sacar el bien incluso de las situaciones más difíciles.

Podemos encontrar valor al saber que Cristo mismo ha recorrido el camino del sufrimiento en obediencia a la voluntad de Dios. El autor de Hebreos nos recuerda que debemos «fijar nuestros ojos en Jesús, el pionero y perfeccionador de la fe» (Hebreos 12:2). Su ejemplo puede inspirarnos en nuestros propios momentos de dificultad.

Es importante recordar que abrazar la voluntad de Dios, incluso cuando es difícil, puede conducir al crecimiento espiritual. Santiago escribe: «Consideradlo puro gozo, cada vez que enfrentéis pruebas de muchos tipos, porque sabéis que la prueba de vuestra fe produce perseverancia» (Santiago 1:2-3).

Por último, cuando la voluntad de Dios parezca difícil o dolorosa, respondamos con confianza, honestidad, perseverancia y amor. Llevemos nuestras luchas a Dios en oración, busquemos sabiduría de nuestra comunidad de fe, saquemos fuerza de las Escrituras y sigamos el ejemplo de Cristo. Y recordad siempre, como bien expresó san Pablo, «puedo hacer todo esto a través de aquel que me da fuerzas» (Filipenses 4:13).

Que Dios nos conceda la gracia de abrazar Su voluntad, incluso en tiempos difíciles, confiando en Su infinito amor y sabiduría. Porque es a menudo a través de estos momentos difíciles que Dios nos moldea más profundamente, acercándonos a Él y a la plenitud de la vida que Él desea para nosotros.

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