
¿Qué son las Bienaventuranzas y dónde se encuentran en la Biblia?
Las Bienaventuranzas son una serie de bendiciones proclamadas por nuestro Señor Jesucristo al comienzo de su Sermón de la Montaña. Se encuentran en el Evangelio de Mateo, capítulo 5, versículos del 3 al 12. En el Evangelio de Lucas, encontramos una versión similar y más corta en el capítulo 6, versículos del 20 al 22.
La palabra “bienaventuranza” proviene del latín “beatitudo”, que significa felicidad o dicha. En el griego original del Nuevo Testamento, la palabra utilizada es “makarios”, que puede traducirse como “bendito”, “feliz” o “afortunado”.
Estas enseñanzas de Jesús presentan una comprensión nueva y radical de lo que significa ser bendecido por Dios. Desafían nuestras nociones mundanas de éxito y felicidad, invitándonos a ver la vida a través de los ojos de la fe.
En el Evangelio de Mateo, hay ocho (o nueve, dependiendo de cómo se cuenten) Bienaventuranzas. Comienzan con la frase “Bienaventurados…” seguida de una descripción de un grupo particular de personas y una promesa de la bendición que recibirán.
Las Bienaventuranzas en el Evangelio de Mateo son:
- “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
- “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.”
- “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”.
- “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.”
- “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
- “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”
- “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
- “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.
La novena Bienaventuranza, que algunos consideran una extensión de la octava, dice: “Bienaventurados ustedes cuando la gente los insulte, los persiga y diga falsamente toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo, pues de la misma manera persiguieron a los profetas que fueron antes de ustedes”.
En el Evangelio de Lucas, encontramos cuatro Bienaventuranzas, seguidas de cuatro “ayes” correspondientes. Esta presentación crea un marcado contraste entre aquellos que son bendecidos y aquellos que enfrentan un peligro espiritual.
Las Bienaventuranzas forman la apertura del Sermón de la Montaña, que se considera una de las colecciones más importantes de las enseñanzas de Jesús. Marcan el tono para el resto del sermón, introduciendo temas de humildad, compasión y hambre espiritual que Jesús ampliará en los capítulos siguientes.
Veo en las Bienaventuranzas una comprensión poderosa de la naturaleza humana y del camino hacia la verdadera plenitud. Reconozco su carácter revolucionario en el contexto del judaísmo del siglo I y su impacto duradero en el pensamiento y la práctica cristiana a lo largo de los siglos.
En el corazón de cada persona, hay un anhelo profundo e inquieto de felicidad. La buscamos en todas partes. El mundo nos ofrece muchas respuestas, susurrando que la alegría se puede encontrar en las riquezas, en el éxito, en una vida llena de placer y libre de problemas.¹ Perseguimos estas cosas, pensando que llenarán el vacío que sentimos por dentro. Pero muy a menudo, nos dejan con un corazón aún más vacío.¹ Hay otro camino. Es un camino sorprendente, un camino revolucionario que pone la lógica del mundo completamente patas arriba. Es el camino que Jesús, nuestro Señor, nos ofrece.
Las Bienaventuranzas son la respuesta amorosa de Jesús a nuestras preguntas más profundas. No son un conjunto de reglas frías y difíciles que nos agobian. En cambio, son una hoja de ruta hacia una vida de alegría poderosa y duradera, una alegría que el mundo no puede dar ni quitar.² Estas hermosas bendiciones, que se nos dan en el Sermón de la Montaña, son como la tarjeta de identidad de un cristiano.⁴ Nos muestran un retrato del Maestro, un reflejo del rostro de Jesús, que estamos llamados a reflejar en nuestra propia vida diaria.⁵
Este camino puede parecer desafiante. Nos pide ser pobres cuando el mundo nos dice que seamos ricos, ser mansos cuando el mundo nos dice que seamos poderosos, estar de duelo cuando el mundo nos dice que solo riamos. Pero no debemos tener miedo. El Señor nos pide todo, y a cambio, nos ofrece la verdadera vida, la misma felicidad para la que fuimos creados.⁷ Caminemos, pues, juntos por este camino. Abramos nuestros corazones para comprender este camino hermoso y seguro hacia la felicidad que el Señor nos propone, porque las Bienaventuranzas siempre conducen a la alegría.⁹

Un retrato de un corazón bienaventurado: explorando las Bienaventuranzas una por una
Jesús explicó con gran sencillez lo que significa ser santo cuando nos dio las Bienaventuranzas. Son un retrato del Maestro, que estamos llamados a reflejar en nuestra vida diaria.⁵ Recorrámoslas una por una, permitiendo que Sus palabras nos desafíen y abran nuestros corazones a la verdadera felicidad.

¿Qué significa ser “pobre de espíritu”?
La primera bendición que Jesús nos da es la llave que abre todas las demás.¹⁹ Él dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.²¹ Esto no es un llamado a estar triste o a carecer de una personalidad vibrante. Ser “pobre de espíritu” significa algo mucho más profundo. Significa reconocer nuestra completa y total necesidad de Dios.²¹ Es la humildad de estar ante nuestro Creador con las manos vacías, sabiendo que no tenemos poder en nosotros mismos para ganar Su amor o salvarnos a nosotros mismos.²⁴ Es todo lo contrario del orgullo que susurra: “Soy lo suficientemente fuerte. No necesito a nadie. Puedo hacerlo todo yo solo”.¹⁹
El mundo nos dice que debemos ser alguien, que debemos hacernos un nombre.²⁶ Pero este camino de autosuficiencia a menudo conduce a una profunda soledad e infelicidad. En mi exhortación apostólica Gaudete et Exsultate, escribí que esta pobreza de espíritu es una especie de sobriedad. Nos libera del “consumo voraz” que puede agobiar el alma y matarla.²⁷ Es la libertad de saber que Dios es el Señor, no nuestras posesiones, no nuestros logros, ni siquiera nuestras propias opiniones preciadas.²⁷ Cuando vivimos con esta humildad, esta pobreza de espíritu, hay menos divisiones, menos discusiones y menos controversias en nuestras familias y comunidades, porque ya no somos tercos en nuestros propios caminos, sino que estamos abiertos a los caminos de Dios y de los demás.²⁷
Esta pobreza espiritual no es una maldición, sino un vacío liberador. El mundo ve cualquier tipo de pobreza como una carencia terrible, un estado del que hay que escapar a toda costa.²⁸ La palabra griega utilizada aquí, ptochos, puede incluso describir a un mendigo que se encoge de vergüenza, completamente indigente.²⁵ Sin embargo, Jesús le da la vuelta a esta imagen. Declara que este estado es bendito, porque es el vacío necesario que permite a Dios llenarnos con Su gracia.¹⁹ Solo cuando admitimos que estamos vacíos podemos ser llenados.
Vemos esta verdad en las historias de nuestros hermanos y hermanas. Una mujer, después de años de intentar controlar su vida, fue puesta de rodillas por la depresión y la ansiedad. Se sentía completamente impotente. En ese momento de absoluta debilidad, rezó la más sencilla de las oraciones: “Dios, ayúdame”. Más tarde escribió: “Esas dos palabras, resulta, son las llaves de su reino”.²⁴ Su historia, y tantas otras como ella, nos muestra que nuestros momentos de impotencia no son una señal de fracaso. Son una invitación de Dios. Son una oportunidad bendita para ser vaciados de nuestro orgullo y llenados con Su amor y fuerza infinitos.

¿Cómo podemos encontrar bendición cuando estamos de duelo?
La segunda bendición que Jesús nos ofrece parece una gran contradicción: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.²⁹ ¿Cómo pueden ser bendecidos aquellos que están llenos de dolor?.³⁰ Jesús no está hablando aquí de un dolor mundano, una desesperación que solo conduce a la muerte y la amargura. Está hablando de un “dolor piadoso”, un duelo que abre el corazón al toque sanador de Dios.³¹
Este duelo bendito tiene dos dimensiones hermosas. Es un dolor profundo y sincero por nuestros propios pecados. Es el dolor que sentimos cuando reconocemos cómo hemos fallado en amar, cómo hemos herido a otros y cómo nos hemos alejado de Dios. Es el dolor de un corazón que ve la ruptura en el mundo y en sí mismo, y anhela que sea sanado.³³
Este duelo es la compasión que sentimos cuando vemos sufrir a otros. Es la capacidad de “sufrir con” nuestros hermanos y hermanas que están llorando la pérdida de un ser querido, que están enfermos o que están solos. Es la misma compasión que movió a Jesús a llorar ante la tumba de Su amigo Lázaro, compartiendo el dolor de su familia.³⁶ El mundo nos dice que evitemos el dolor a toda costa, que busquemos entretenimiento y distracción, que cubramos y nos escondamos del sufrimiento.⁵ Pero una persona de fe no huye de las situaciones dolorosas. En mi exhortación
Gaudete et Exsultate, escribí que descubrimos el verdadero significado de la vida ayudando a los que sufren, comprendiendo su angustia y sabiendo cómo llorar con los demás. Esto es santidad.⁵
Este duelo es el suelo mismo en el que puede crecer el consuelo auténtico. El mundo nos ofrece distracción, Jesús promete comfort. Este consuelo no es un olvido de nuestro dolor, sino una paz profunda y duradera que solo Dios puede dar. Una mujer cuyo marido murió en un accidente de coche se sentía perdida y sola. Pero en su dolor más profundo, se volvió a la Palabra de Dios. Más tarde compartió que fue un “bálsamo calmante de sanación y misericordia fluyendo por toda mi alma… Las palabras de Cristo me rescataron de ahogarme en la autocompasión”.³⁸ Aprendió que la promesa de Dios es verdadera: los que lloran
perseverará serán consolados.³⁹ A menudo, los que están de duelo encuentran el mayor consuelo no en los consejos, sino en la presencia sencilla y amorosa de otro que está dispuesto a escuchar y compartir sus historias.⁴¹ Esto se debe a que la verdadera compasión no es una habilidad que aprendemos, sino una gracia que recibimos. El camino para consolar a otros comienza cuando primero permitimos que Dios nos consuele en nuestra propia ruptura. Cuando lloramos nuestras propias fallas, nuestros corazones se vuelven tiernos, haciéndonos capaces de llorar genuinamente con los demás. El consuelo que hemos recibido se convierte en el consuelo que luego podemos compartir.

¿Quiénes son los mansos y cuál es su fortaleza?
“Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra”.¹⁰ Esta es otra de las enseñanzas de Jesús que pone los valores del mundo patas arriba. La mansedumbre es una de las virtudes más incomprendidas de todas. El mundo la ve como debilidad, como ser tímido, pasivo o un felpudo para que otros caminen sobre él.⁴² Pero esto no es lo que Jesús quiere decir.
La mansedumbre bíblica no es debilidad; es “poder bajo control”.⁴³ Es la fuerza tranquila de una persona que confía en Dios tan completamente que no necesita luchar por su propio camino, afirmar su propia importancia o vengarse cuando es agraviada.⁴⁴ La persona mansa es amable y paciente, no débil. Piense en Moisés, a quien las Escrituras llaman el hombre más manso de la tierra, y sin embargo fue el líder poderoso que guió al pueblo de Dios a través del desierto.⁴⁶ Y piense en Jesús mismo, quien dijo: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”, y sin embargo mostró la mayor fuerza que el mundo haya conocido en la Cruz.⁴⁷
En un mundo lleno de conflictos y deseo de dominar, Jesús nos muestra el camino de la mansedumbre. Como escribí en Gaudete et Exsultate, si siempre estamos impacientes y molestos con los demás, terminaremos agotados y cansados. Pero si podemos mirar las faltas y limitaciones de los demás con ternura y mansedumbre, sin aires de superioridad, podemos ayudarlos y dejar de desperdiciar nuestra energía en quejas inútiles.³⁷ Esta mansedumbre es una expresión de la pobreza interior de aquellos que ponen su confianza solo en Dios.⁵
Lo opuesto a la mansedumbre es la necesidad ansiosa de tener el control, de ganar cada discusión, de siempre tener la razón.⁴⁸ Esta ansiedad proviene del miedo: miedo a perder, miedo a ser pasado por alto, miedo a la injusticia. La mansedumbre, entonces, no es un rasgo de personalidad como ser tímido; es una postura espiritual nacida de una fe poderosa. Es el valor de confiar tu causa a Dios. Es la valiente decisión de creer que Dios es tu defensor, que Su justicia es más confiable que tus propios intentos de venganza y que Él hará que todas las cosas obren para tu bien.⁴³ Vemos esto en la vida de Moisés, quien, cuando fue criticado, no se defendió, sino que esperó pacientemente a que Dios actuara en su nombre.⁴⁵
Podemos ver esta fuerza gentil en la historia. A Cincinato, un sencillo agricultor romano, se le dio poder absoluto para salvar su ciudad. Después de su victoria, la gente quiso hacerlo rey; él dejó tranquilamente su poder y regresó a su granja.⁴⁹ George Washington, inspirado por esta historia, se negó a convertirse en rey y, en cambio, eligió servir como presidente con poder limitado.⁴⁹ Y lo vemos hoy en la vida de una oradora cristiana que, después de ser presentada con grandes elogios, confesó humildemente a la multitud que luchaba contra el pecado como todos los demás, eligiendo la conexión sobre la autoglorificación.⁵⁰ En nuestras propias vidas, la mansedumbre es el valor de ser amables por fe, confiando a Dios el resultado final de nuestros conflictos en el trabajo, en nuestras familias y en nuestro mundo.

¿Qué significa tener hambre y sed de justicia?
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.⁵¹ Esto no es un deseo casual o una preferencia leve. Jesús está hablando de un anhelo profundo, doloroso y desesperado, como una persona que se muere de hambre o de sed.⁵² Es un anhelo que dice: “No puedo vivir sin esto”. ¿Y qué es lo que debemos desear tan intensamente? Es la “justicia”.
Esta justicia no se trata simplemente de seguir un conjunto de reglas a la perfección. Los fariseos eran expertos en seguir reglas; Jesús dijo que su justicia no era suficiente para entrar en el reino de los cielos.⁵⁴ La verdadera justicia se trata de una relación correcta, con Dios y con los demás.⁵⁵ Esta hambre tiene tres dimensiones hermosas. Es hambre de una relación correcta con Dios mismo, de ser justificados y limpiados a Sus ojos.⁵² Es hambre de vivir una vida buena y moral, una vida de carácter y conducta que sea agradable a Dios.⁵² Y es hambre de justicia social en un mundo que a menudo es cruel e injusto. Es un deseo profundo de ver a los pobres defendidos, a los oprimidos levantados y a la voluntad de Dios hecha en la tierra como en el cielo.⁵²
As I wrote in Gaudete et Exsultate, la verdadera justicia cobra vida cuando las personas son justas en sus propias decisiones, especialmente en cómo tratan a los pobres y marginados.⁵ Esta hambre de la justicia de Dios es todo lo contrario de la idea de justicia del mundo, que a menudo está estropeada por la corrupción y los intereses egoístas.⁵ Jesús promete que aquellos que tienen esta hambre profunda serán saciados. Estarán satisfechos.
Esto nos libera de la pesada carga del perfeccionismo. El objetivo no es convertirse en un seguidor de reglas perfecto, sino convertirse en una persona que desea apasionadamente relaciones amorosas, justas e íntegras, comenzando con Dios y fluyendo hacia todos nuestros hermanos y hermanas. Vemos esta lucha en nuestros propios corazones. Una mujer escribió honestamente sobre cómo se dio cuenta de que estaba más “sedienta del éxito de mis hijos que de agua” y anhelaba “cosas bonitas tanto como comida”.⁴⁸ Su reflexión honesta muestra la batalla que todos enfrentamos: desviar nuestra hambre de las cosas pasajeras de este mundo hacia la justicia que es la única que puede satisfacer verdaderamente nuestras almas. También vemos un ejemplo poderoso en la vida del rey David. Después de su terrible pecado, no solo ofreció una disculpa rápida. En el Salmo 51, derrama su corazón, suplicando a Dios: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; y renueva un espíritu recto dentro de mí”.⁵⁸ Este es el grito de un alma que realmente tiene hambre y sed de ser reconciliada con Dios.

¿Cómo podemos llegar a ser misericordiosos como el Padre?
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.⁵⁹ Aquí llegamos al corazón mismo de Dios, porque la misericordia es Su atributo más tierno.⁶⁰ Esta Bienaventuranza es especial porque contiene una promesa directa de reciprocidad: si mostramos misericordia, recibiremos misericordia.⁶⁰ La misericordia es tratar a las personas mejor de lo que merecen.⁶² Tiene dos caras hermosas: compasión y perdón.⁶³
Compasión significa que realmente entramos en el sufrimiento de otra persona. No solo miramos desde la distancia con lástima; sentimos su dolor con ellos.⁶⁴ Perdón significa que renunciamos a nuestro derecho a desquitarnos. Liberamos a la persona que nos ha herido de la deuda que nos debe, tal como Dios nos ha liberado de nuestra inmensa deuda de pecado.⁶⁶
La lógica del mundo es: “Seré misericordioso contigo si tú eres misericordioso conmigo”. Pero Jesús le da la vuelta a esto. La capacidad de ser misericordioso no es algo que podamos producir por nuestra cuenta. Fluye de la comprensión profunda y personal de que nosotros mismos somos un “ejército de perdonados”.⁶³ Como he dicho muchas veces, la misericordia es el corazón palpitante de la Iglesia.⁶⁷ No puede haber cristianismo sin ella.⁶⁰ Implica dar, ayudar y servir a los demás; también significa perdonarlos y comprenderlos. Siempre debemos recordar que todos somos deudores. Todos necesitamos la misericordia de Dios. Y esta pobreza nuestra, esta necesidad, se convierte en la fuerza que nos permite perdonar. Porque hemos sido perdonados tanto, nos volvemos capaces de perdonar a los demás.⁶⁰ Ver y actuar con misericordia: esto es santidad.⁶³
La misericordia no siempre requiere grandes gestos. A menudo se encuentra en las pequeñas decisiones cotidianas que tomamos. Un escritor lo describió maravillosamente: la misericordia es ceder el asiento en el autobús sin hacer alarde de ello. Es no suspirar con impaciencia ante la persona en la fila de la caja que tarda demasiado. Es dar a los demás el beneficio de la duda.⁶⁸ Otra persona compartió ejemplos sencillos de ser padre: ayudar a un niño a encontrar un libro perdido incluso cuando fue descuidado, o elogiar el trabajo imperfecto de un niño solo para animar su corazón.⁶⁹ Estos pequeños actos de misericordia crean una atmósfera de gracia y amor en nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo y nuestras comunidades.⁶⁴ Para aquellos que luchan por perdonar o por ser compasivos, el primer paso no es esforzarse más. El primer paso es volver a Dios y pedir ser llenos de nuevo con una poderosa conciencia de Su infinita misericordia para contigo. La misericordia es un fruto que crece de la raíz de haber sido perdonado.

¿Qué es un “corazón puro” y cómo podemos ver a Dios?
“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”.⁷⁰ Cuando escuchamos las palabras “corazón limpio”, a menudo pensamos primero en la pureza sexual, y eso es parte de ello.⁷¹ Pero el significado de esta Bienaventuranza es mucho más profundo y amplio. Un corazón limpio es un undivided corazón.⁷³ Es un corazón que tiene lo que los santos llaman “sencillez de corazón”.⁷¹ Es un corazón que no intenta servir a dos señores: Dios y el dinero, o Dios y el mundo.⁷² Un corazón limpio es aquel cuyas intenciones son simples, claras y sin hipocresía. No tiene motivos ocultos. Su único y singular deseo es amar y agradar a Dios en todas las cosas.⁷⁴
En Gaudete et Exsultate, expliqué que la Biblia usa la palabra “corazón” para describir nuestras intenciones reales, las cosas que verdaderamente buscamos y deseamos, más allá de todas las apariencias.³⁷ Un corazón limpio es un corazón simple e inmaculado, un corazón capaz de un amor que no permite que entre nada que pueda dañar, debilitar o poner en peligro ese amor.³⁷ Dios quiere hablar a nuestros corazones; es allí donde Él desea escribir Su ley. Cuando nuestro corazón es limpio, está libre de todo lo que empaña el amor.⁷
La promesa adjunta a esta Bienaventuranza es única y hermosa: los de limpio corazón “verán a Dios”.⁷⁵ ¿Cómo se conectan la pureza y la visión? Un corazón dividido conduce a una especie de visión doble espiritual. No podemos ver con claridad cuando intentamos mirar en dos direcciones a la vez.⁷² La pureza de corazón tiene que ver con la integridad: ser íntegro, indiviso. Cuando el deseo de nuestro corazón está unificado y enfocado en una sola cosa —Dios—, nuestra visión espiritual se vuelve clara. Dejamos de ver el mundo y a las demás personas a través del lente distorsionado de nuestros propios deseos egoístas, nuestros miedos y nuestras ambiciones. En cambio, comenzamos a verlos como Dios los ve. Comenzamos a ver a Dios mismo, obrando en nuestras vidas y en el mundo que nos rodea.
Podemos ver esto en la historia de una joven que, después de ser herida en una relación, corrió de vuelta a Jesús. Tomó la decisión consciente de buscar una vida que honrara a Dios. Ella dijo: “Cuando me enamoré de Jesús, mi ‘única cosa’ pasó a ser glorificarlo. La pureza sexual fue el desbordamiento natural de ese deseo principal”.⁷⁶ Su historia muestra que la pureza de corazón no se trata de tener un pasado perfecto. Se trata de una decisión actual de querer una sola cosa: amar y honrar a Dios por encima de todo lo demás. Esto conecta con la sabiduría de los antiguos padres del desierto, quienes enseñaban que la pureza de corazón significa superar el deseo de poseer, juzgar y controlar, y en su lugar elegir convertirse, como dijo uno, en “fuego total” para Dios.⁷⁷ Si sentimos que nuestra vida espiritual está nublada o que Dios está distante, esta Bienaventuranza nos invita a mirar dentro de nuestros propios corazones. ¿Está mi corazón dividido? ¿Estoy tratando de amar a Dios y a otra cosa con la misma intensidad? El camino para ver a Dios con más claridad es el camino de purificar nuestras intenciones y nuestros deseos.

¿Cómo podemos convertirnos en pacificadores en un mundo de conflicto?
“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.⁷⁸ En un mundo tan herido por la división, la violencia y la guerra, este llamado es más urgente que nunca. Pero, ¿qué significa ser un pacificador? No es lo mismo que ser un “amante de la paz” o simplemente alguien que evita el conflicto a toda costa.⁷⁹ Ser un pacificador es un trabajo activo, enérgico y, a veces, muy complicado.⁸¹
La palabra bíblica para paz es la palabra hebrea shalom. Esta palabra significa mucho más que solo la ausencia de lucha. Significa plenitud, bienestar, armonía y una relación correcta.⁸¹ Un pacificador, por lo tanto, es alguien que trabaja activamente para construir puentes, sanar divisiones y reconciliar a las personas entre sí y con Dios.⁸¹
Como he dicho, la paz no es solo un asunto político; es un asunto del Evangelio. Y a menudo es “hecha en casa”.⁶⁷ Comienza en nuestras propias comunidades e incluso en nuestros propios corazones. En Gaudete et Exsultate, escribí que el mundo está lleno de guerra; a menudo nosotros mismos somos la causa del conflicto, especialmente a través del veneno del chisme, que crea división y destruye relaciones.⁵ La verdadera pacificación significa construir amistades y elegir permanecer en relación incluso con personas que encontramos difíciles, exigentes o diferentes.⁷ Esta paz evangélica no excluye a nadie.³⁷
La promesa para los pacificadores es que “serán llamados hijos de Dios”.⁸³ ¿Por qué este título específico? Es porque Dios mismo es el Pacificador supremo. A través de la Cruz de Jesús, Dios reconcilió consigo mismo a una humanidad rota y hostil, derribando el muro divisorio de la hostilidad.⁸¹ Por lo tanto, cuando trabajamos para hacer la paz, estamos haciendo el trabajo de nuestro Padre. Estamos mostrando un parecido familiar. No es solo una actividad social noble; es una parte central de nuestra identidad como cristianos. Cada vez que ayudamos a reparar una relación rota, fomentamos el perdón o nos oponemos a las fuerzas de la división, estamos haciendo visible nuestra identidad como hijos de Dios ante un mundo que observa.
Vemos esta obra de paz a escala global en los difíciles esfuerzos de diplomáticos y organizaciones como las Naciones Unidas para terminar guerras y construir entendimiento entre las naciones.⁸⁴ Pero también lo vemos en el valiente trabajo de grupos como The Parents Circle, donde familias israelíes y palestinas que han perdido hijos en el conflicto se unen para trabajar por la reconciliación en lugar de la venganza.⁸⁷ Lo vemos en comunidades que practican la justicia restaurativa, reuniendo a víctimas y ofensores para encontrar un camino hacia la sanación.⁸⁸ Y lo vemos en el acto simple y valiente de un niño en un patio de recreo que se interpone entre un acosador y una víctima para decir: “Basta”.⁸⁹

¿Por qué debemos alegrarnos cuando somos perseguidos?
“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.⁹⁰ Esta última bendición es quizás la más difícil de entender para nosotros y la más desafiante de vivir. Jesús promete bendición a aquellos que son insultados, maltratados y calumniados porque lo siguen.⁹¹ Esta no es una bendición por el sufrimiento que proviene de nuestra propia insensatez o pecado. Es una bendición por el sufrimiento que surge porque estamos tratando de vivir por lo que es correcto y verdadero en un mundo que a menudo rechaza los caminos de Dios.⁹²
Cuando realmente intentamos vivir las otras Bienaventuranzas —cuando somos mansos en lugar de agresivos, misericordiosos en lugar de vengativos y pacificadores en lugar de divisores—, el mundo, que opera bajo principios opuestos, a menudo nos malinterpretará, nos ridiculizará e incluso nos odiará por ello.⁹² Aceptar el Evangelio es ir “contra la corriente” de la cultura que nos rodea.³⁷
Como escribí en mi exhortación, este camino a veces requiere que desafiemos a la sociedad e incluso que seamos una “molestia” en la lucha por la justicia.⁷ Este camino puede implicar cansancio y dolor; sufrir por causa del Evangelio es una parte inseparable de la santidad cristiana.⁷ Cuando enfrentamos la persecución, no debemos desanimarnos ni amargarnos. En cambio, Jesús nos dice que nos “alegremos y regocijemos”, porque nuestra recompensa en el cielo es grande y estamos compartiendo el mismo destino honorable que los profetas que nos precedieron.⁷
Desde un punto de vista mundano, ser perseguido es una señal de fracaso. Significa que estás en el lado perdedor. Pero Jesús pone esta lógica completamente patas arriba. Observa que la promesa para los perseguidos —“porque de ellos es el reino de los cielos”— es exactamente la misma promesa dada a los pobres de espíritu al principio.²⁹ Esto crea un marco poderoso alrededor de todas las Bienaventuranzas. El camino de un discípulo comienza reconociendo nuestra propia pobreza espiritual y a menudo termina siendo opuesto por el mundo por nuestra fidelidad a Cristo. La persecución, entonces, no es una señal de que estamos haciendo algo mal. Puede ser una confirmación de que estamos haciendo algo bien.⁹⁴ Es evidencia de que los poderes de las tinieblas ven que estamos teniendo éxito en promover el reino de luz y amor de Dios.⁹⁴
Esto nos da un coraje inmenso. Las historias de la iglesia perseguida en todo el mundo hoy son un testimonio poderoso de esta verdad. Escuchamos de Ramata, una mujer en Burkina Faso, que fue encerrada en un cobertizo por su propia familia y dejada morir de hambre debido a su fe en Jesús. Sin embargo, ella solo habla de la fidelidad de Dios y desde entonces se ha reconciliado con su padre.⁹⁵ Escuchamos de un niño de 17 años en Corea del Norte que fue golpeado por los guardias por llevar Biblias. Usó sus momentos finales no para maldecirlos, sino para dar testimonio ante ellos, y llevó a uno de ellos a Cristo antes de su propia ejecución, diciendo que su vida estaba ahora “llena”.⁹⁶ Estas no son historias de desesperación. Son historias de una alegría poderosa e inquebrantable que el mundo no puede entender. Cuando nuestra propia fe es burlada, cuando nuestra postura a favor de la justicia es ridiculizada, o cuando enfrentamos oposición por vivir una vida moral, no debemos desanimarnos. Debemos regocijarnos, porque estamos caminando tras los pasos de los profetas y de Jesús mismo, y es una señal segura de que el Reino de los Cielos es verdaderamente nuestro.

¿Cómo podemos recorrer este camino hoy?
El camino de las Bienaventuranzas puede parecer elevado y difícil, un llamado a una santidad que se siente inalcanzable.¹¹ Pero no debemos desanimarnos. El Señor no nos llama a ser copias perfectas de grandes santos del pasado. Él nos llama a cada uno de nosotros a caminar nuestro propio camino único hacia la santidad, sacando lo mejor de nosotros mismos.¹¹
La santidad no está reservada para obispos, sacerdotes o religiosas. Es para todos. Me gusta hablar de los “santos de la puerta de al lado”: personas comunes que viven vidas de amor extraordinario.⁹⁸ La santidad se encuentra en el amor inmenso de los padres que crían a sus hijos, en los hombres y mujeres que trabajan duro cada día para mantener a sus familias, en los enfermos que soportan su sufrimiento con paciencia y en los religiosos ancianos que nunca pierden su sonrisa.⁹⁷ Sus vidas nos muestran que el camino a la santidad se encuentra en nuestra vida cotidiana. No se trata de hacer cosas dramáticas, sino de hacer cosas ordinarias con gran amor.¹⁰⁰ Es en los “pequeños gestos” de bondad y paciencia que vivimos verdaderamente las Bienaventuranzas.¹⁰¹
Para ayudarnos a ver este camino en nuestras propias vidas, podemos pensar en las Bienaventuranzas en términos modernos. Quizás hoy Jesús podría decir:
- Bienaventurados los trabajadores sociales agotados y los maestros sobrecargados de trabajo, porque ellos muestran misericordia.⁸⁹
- Bienaventurados los niños que se sientan solos en la mesa del almuerzo, porque su mansedumbre es vista por Dios.⁸⁹
- Bienaventurados los que tienen cáncer, porque en su duelo sus ojos se abren al verdadero valor de la vida.¹⁰³
- Bienaventurados los agnósticos y aquellos que dudan, porque su pobreza espiritual los hace abiertos a ser sorprendidos por Dios.⁸⁹
Este viaje es de toda la vida. Es una batalla constante contra las tentaciones del mundo y nuestra propia debilidad.¹⁰⁴ Pero no lo caminamos solos. Caminamos en comunidad con nuestros hermanos y hermanas, y somos fortalecidos por la gracia de Dios, que recibimos en las Escrituras y los Sacramentos.¹⁵

¿Existen diferentes interpretaciones de las Bienaventuranzas entre las tradiciones cristianas?
Las Bienaventuranzas, como muchas partes de la Escritura, han sido entendidas de diversas maneras a lo largo de la historia cristiana. Estas diferentes interpretaciones reflejan la rica diversidad de nuestras tradiciones de fe, cada una ofreciendo perspectivas valiosas.
En la tradición ortodoxa oriental, las Bienaventuranzas a menudo se ven como pasos en la vida espiritual. Se entienden como una progresión, cada una construyendo sobre la anterior. Esta visión nos invita a ver la vida cristiana como un viaje de crecimiento y transformación continuos.
La tradición católica romana a menudo ha enfatizado las Bienaventuranzas como expresiones de la perfección cristiana. Se ven como ideales a los que todos los creyentes deben aspirar, incluso si la plena realización solo puede llegar en la eternidad. Esta interpretación nos desafía a la conversión continua y al crecimiento en santidad.
Muchas tradiciones protestantes, particularmente aquellas influenciadas por la Reforma, han enfatizado las Bienaventuranzas como descripciones de la gracia de Dios obrando en los creyentes. No se ven como metas a alcanzar, sino como características que Dios produce en Su pueblo. Esta visión nos recuerda nuestra dependencia de la gracia divina.
La teología de la liberación a menudo ha interpretado las Bienaventuranzas a través del lente de la justicia social. Las bendiciones para los pobres y aquellos que tienen hambre de justicia se ven como llamados a una acción concreta para abordar las desigualdades sociales. Esto nos desafía a considerar las implicaciones sociales de las palabras de Jesús.
Algunas tradiciones carismáticas y pentecostales han enfatizado las Bienaventuranzas como promesas de bendición para los creyentes. A veces se interpretan como garantías del favor y la provisión de Dios para aquellos que siguen a Cristo. Esta visión fomenta la fe y la expectativa de la bondad de Dios.
Las tradiciones anabautistas y de las iglesias de paz a menudo se han centrado en las enseñanzas de las Bienaventuranzas sobre la no violencia y la pacificación. Ven en estas palabras un llamado a la pacificación activa y al rechazo de la violencia. Esta interpretación nos desafía a ser agentes de reconciliación en un mundo dividido.
Las tradiciones monásticas han visto frecuentemente las Bienaventuranzas como una guía para la vida consagrada. Se entienden como la descripción del ideal de pobreza, castidad y obediencia. Esta visión nos invita a todos a considerar cómo podríamos vivir de manera más simple y devota.
Algunos movimientos teológicos modernos, como la teología feminista, han reinterpretado las Bienaventuranzas desde la perspectiva de grupos marginados. Ven en las palabras de Jesús una bendición especial para aquellos pasados por alto por la sociedad. Esto nos desafía a considerar cómo estas enseñanzas hablan a los problemas de poder y privilegio.
Ciertas tradiciones evangélicas han enfatizado las Bienaventuranzas como descripciones del carácter cristiano. Se ven como retratos de cómo debería ser un verdadero seguidor de Cristo. Esta interpretación nos invita a examinar nuestras propias vidas a la luz de estos ideales.
Los movimientos ecuménicos a menudo han utilizado las Bienaventuranzas como un terreno común para el diálogo entre diferentes tradiciones cristianas. Se ven como enseñanzas fundamentales en las que todos los cristianos pueden estar de acuerdo, a pesar de otras diferencias. Esto nos recuerda el poder unificador de las palabras de Jesús.

¿Cuál es el contexto histórico y cultural de las Bienaventuranzas?
Para entender las Bienaventuranzas más profundamente, debemos considerar el mundo en el que Jesús pronunció estas palabras. Sus enseñanzas no surgieron en el vacío, sino que fueron moldeadas por y hablaron a las realidades históricas y culturales de Su tiempo.
Jesús pronunció las Bienaventuranzas en la Palestina del siglo I, una tierra bajo ocupación romana. El pueblo anhelaba la liberación y la restauración de su nación. En este contexto, las palabras de Jesús sobre el Reino de los Cielos tenían poderosas implicaciones políticas, ofreciendo esperanza más allá de los poderes terrenales.
El panorama religioso estaba dominado por varios grupos judíos: fariseos, saduceos, esenios y otros. Cada uno tenía su propia interpretación de lo que significaba ser justo ante Dios. Las enseñanzas de Jesús en las Bienaventuranzas a menudo desafiaban y reformulaban estos entendimientos.
Económicamente, había una gran brecha entre los ricos y los pobres. Muchas personas luchaban bajo fuertes impuestos y deudas. Las bendiciones de Jesús sobre los pobres y aquellos que tienen hambre habrían resonado profundamente con aquellos en los márgenes de la sociedad.
El concepto de ‘bienaventuranza’ o ‘felicidad’ (makarios en griego) no era exclusivo de Jesús. Se usaba en la filosofía griega y en el Antiguo Testamento, a menudo para describir el estado de la persona justa o sabia. Jesús toma este concepto familiar y le da un nuevo significado.
El formato de las Bienaventuranzas hace eco de la literatura de sabiduría del Antiguo Testamento, particularmente los Salmos y Proverbios. Jesús estaba recurriendo a una forma familiar para transmitir Su mensaje radical. Esto nos recuerda cómo a menudo usaba formas conocidas para comunicar nuevas verdades.
En el mundo grecorromano, los discursos públicos eran una forma común de enseñanza y persuasión. El Sermón de la Montaña, que comienza con las Bienaventuranzas, sigue algunos patrones de estos discursos mientras subvierte otros. Jesús estaba interactuando con las tradiciones retóricas de Su tiempo y, al mismo tiempo, desafiándolas.
Los valores elogiados en las Bienaventuranzas —humildad, misericordia, pacificación— a menudo contrastaban marcadamente con la cultura de honor-vergüenza del antiguo mundo mediterráneo. Jesús estaba llamando a Sus seguidores a una forma de vida contracultural.
La promesa del ‘Reino de los Cielos’ en las Bienaventuranzas aprovechó las expectativas mesiánicas judías. Pero Jesús redefine cómo se ve este Reino, enfatizando la transformación espiritual en lugar de la política.
Las Bienaventuranzas fueron pronunciadas en un contexto donde la pureza ritual era altamente valorada. El énfasis de Jesús en cualidades internas como la pureza de corazón y el hambre de justicia desafió este enfoque en las observancias externas.
Las metáforas agrícolas utilizadas en algunas de las Bienaventuranzas (como tener hambre y sed de justicia) habrían resonado en la sociedad mayoritariamente agraria de la época de Jesús. Él utilizó imágenes familiares para transmitir verdades espirituales poderosas.

¿Cuál es la gran promesa de las Bienaventuranzas?
Comenzamos preguntando sobre el secreto de una vida feliz. Terminamos donde empezamos, con la hermosa promesa de Jesús. Las Bienaventuranzas no son una carga impuesta sobre nosotros, sino un regalo ofrecido a nosotros. Son la promesa de la verdadera vida y la alegría auténtica.⁷
Este camino nos libera de la esclavitud del egocentrismo, del trabajo agotador de intentar construir nuestro propio reino.¹ Rompe los cerrojos de nuestros corazones, disuelve nuestra dureza y nos abre a una felicidad que a menudo se encuentra donde menos la esperamos.
Así que no tengas miedo de este camino. No tengas miedo de lo que el Señor pide. No tengas miedo de la santidad. No te quitará tu energía, tu vitalidad o tu alegría. Al contrario, te hará lo que el Padre tenía en mente cuando te creó. Es un llamado a encontrar tu verdadero yo viviendo una vida de amor.¹⁰⁵ Es un llamado a abrazar el desafío con un corazón alegre. Porque Jesús mismo termina su enseñanza con este mandato: “¡Alégrense y regocíjense!”.⁷ Esta es la gran promesa de las Bienaventuranzas.
